sábado, 27 de diciembre de 2025

Democracia en crisis: populismo, autoritarismo y política líquida

 Democracia en crisis: populismo, autoritarismo y política líquida

La acción política debería ser guiada por la filosofía y el sentido común hacia lo natural y razonable, sin embargo, tanto la ultraderecha como el comunismo han mostrado históricamente una visión poco favorable a este objetivo. Por eso resulta llamativo que se produzcan segundas vueltas electorales entre estas dos corrientes, una anomalía que advierte que los sistemas políticos deberían ser revisados. En parte, las causas surgen porque las nuevas generaciones desconocen su pasado, desencantados del manejo actual y sin temor a las consecuencias de estas ideologías, por el contrario, comienzan a valorar los discursos revolucionarios, neocomunistas, el fascismo y las ideas autoritarias.

En otras palabras, el auge del autoritarismo y el populismo en diversas encuestas reflejan que estas ideas han crecido en Latinoamérica y en el mundo. Líderes como José Antonio Kast se suman a la corriente de figuras de ultraderecha como Jair Bolsonaro y otros que han ganado terreno en las encuestas. Paralelamente, como señala la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez, vivimos una “primavera” de la nueva izquierda: populista, neocomunista o filo comunista. Ejemplos de ello son Podemos en España, el Frente Amplio en Chile, la “Cuarta Transformación” en México, el Movimiento 5 Estrellas en Italia y otros grupos que muestran un rostro populista dentro del nuevo escenario político global.

Este panorama se combina con el peso de los personalismos: Putin, Trump y el caso particular de China, un sistema tanto comunista como capitalista, que constituye una rareza y un “monstruo con pies de barro” destinado a derrumbarse por su falta de democracia.

En cuanto a la democracia, ha entrado en crisis junto con sus sistemas políticos. Muchos jóvenes valoran el autoritarismo y los populismos de izquierda y derecha, más que por convicción ideológica, sino como una “degustación política”: prueban distintas opciones como si fueran platos de un menú, y si les gustan, las consumen. Este fenómeno atenta contra la seguridad jurídica del Estado, la institucionalidad y la estabilidad democrática.

Dicho de otra manera, el peligro de esta “degustación” es que la matriz del sistema político se debilita. Analistas hablan de una “política líquida”: sin sentido, sin coherencia estable y con graves riesgos para la estabilidad democrática. Politólogos italianos como Giuliano da Empoli y Giovanni Sartori han estudiado estas dificultades de los sistemas modernos, determinando que las ideologías se copian y aplican sin comprender su esencia ni su lógica, lo que genera resultados distorsionados.

De igual modo, debemos reconocer que la democracia, tal como la hemos conocido en las últimas décadas, atraviesa una etapa de cuestionamiento estructural. La llamada “política líquida”, caracterizada por la falta de coherencia, la volatilidad de las lealtades y la superficialidad de los compromisos ideológicos,

refleja un cambio cultural profundo. Los ciudadanos ya no se identifican con partidos tradicionales ni con ideologías sólidas; más bien, consumen discursos y liderazgos como si fueran opciones transitorias. Esta “degustación política” es peligrosa porque erosiona la noción de compromiso cívico y convierte la política en un espectáculo efímero, donde lo importante no es la construcción de proyectos colectivos, sino la satisfacción inmediata de emociones y expectativas.

Finalmente, debemos reconocer que la democracia está en peligro, pero no está condenada. La historia muestra que los sistemas políticos pueden adaptarse y evolucionar. La clave está en reconocer los riesgos, enfrentar los desafíos y construir alternativas que fortalezcan la institucionalidad. La democracia no puede ser vista como un lujo, sino como una necesidad para garantizar la libertad, la justicia y la estabilidad. Si los ciudadanos, los líderes y las instituciones trabajan juntos, es posible superar la crisis y construir un futuro más democrático y participativo.


Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

viernes, 26 de diciembre de 2025

La ironía de la historia: quienes despreciaron la transición ahora la reclaman

 La ironía de la historia: quienes despreciaron la transición ahora la reclaman


La llamada “democracia de los acuerdos” ha sido utilizada como arma arrojadiza según la conveniencia política del momento. Durante años los últimos años ha sido objeto de críticas implacables por parte de sectores que la consideraban una renuncia, una claudicación o un pacto excesivamente moderado a la hora de implementar las reformas necesarias.

Sin embargo, las críticas a los 20 años de la Concertación deliberadamente ignoran o minimizan el contexto extraordinariamente complejo en que se tomaron esas decisiones. Patricio Aylwin gobernó con un dictador aún en el país, con senadores designados, con un sistema electoral que favorecía el empate y con una institucionalidad diseñada para limitar el cambio. Eso condicionó cada reforma, cada avance y cada retroceso. Por lo tanto, pretender juzgar ese período sin considerar esas restricciones es como mínimo, una lectura histórica incompleta; como máximo, una manipulación interesada.

Hoy muchos de esos mismos sectores parecen echarla de menos. Una contradicción no menor, porque llegados al gobierno intentan apropiarse de tal legado, reivindicando y citando a los líderes de esos acuerdos como referentes.

Las dudas caen sobre sus convicciones reales, si serían las de entonces cuando deslegitimaban la transición, o las de ahora cuando buscan presentarse como herederos de Aylwin, Lagos o Bachelet. La inconsistencia no es sólo discursiva; revela una falta de comprensión sobre la naturaleza misma de gobernar en democracia, donde las mayorías se construyen, no se decretan.

No se puede olvidar que muchos de quienes denostaron la democracia de los acuerdos fueron los mismos que prometieron transformaciones radicales, los que relativizaron la violencia del 18 de octubre y los que sostuvieron que el país podía refundarse desde cero. Hoy, enfrentados a la realidad del poder, descubren que las instituciones no se doblegan a voluntad, que gobernar exige negociación, gradualidad y responsabilidad. La búsqueda de consensos se convierte ahora en una necesidad ineludible.

Resulta legítimo preguntarse por qué deberíamos aceptar este giro sin una autocrítica seria de por medio. No se trata de reescribir la historia, ni tampoco enlodar la imagen de quienes acusaron a otros de continuistas o cobardes. Las condiciones para la transición fueron excepcionales, y hoy quienes las relativizaban utilizan exactamente los mismos argumentos que antes rechazaban: falta de mayorías, oposición obstruccionista, restricciones institucionales. La coherencia, al parecer, es un bien escaso.

La política nunca ha sido un ejercicio simple. No se trata solo de impugnar lo anterior ni de presentarse como portadores de una superioridad moral que no resiste contraste con los hechos. Durante cuatro años, quienes prometieron grandes transformaciones han modificado muy poco de las reformas que criticaron. En

muchos casos, han administrado y a veces defendido lo que se construyó en los 20 años previos, e incluso lo avanzado en gobiernos que antes descalificaban por completo.

La ausencia de autocrítica es el punto más preocupante. Porque no se trata de negar errores de la transición ni de idealizar sus resultados, sino de reconocer que se gobernó en condiciones adversas y que, pese a ello, se consolidó una democracia que permitió a las generaciones posteriores llegar al poder. Ese legado no puede ser apropiado selectivamente según la conveniencia del momento.

Ha llegado la hora de que quienes participaron en la transición defiendan con claridad lo que se hizo bien y reconozcan lo que se hizo mal, sin complejos ni silencios estratégicos. Y también es hora de exigir a quienes menospreciaron esa transición que asuman los costos de sus propias decisiones. La historia no puede ser un botín político. La coherencia, la responsabilidad y la memoria importan. Y tarde o temprano, la realidad termina poniendo a cada uno en su lugar.

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

La victoria que parece derrota: Boric frente al espejo

 La victoria que parece derrota: Boric frente al espejo

Evidentemente, toda crítica al gobierno y al Frente Amplio no se percibirán al instante, como resultado de su moderada representación electoral en las elecciones pasadas. Mucho menos esperar que el resultado sea tomado como derrota, pese a que tampoco es una victoria.

El triunfo en primera vuelta de Jeanette Jara no se interpreta como continuidad segura, solo es un triunfo pírrico. El hecho de que los tres principales candidatos de derecha hayan sumado buenas cifras, y si logran consolidar ese apoyo, le dejen abierta la posibilidad a José Antonio Kast de triunfar en la elección. Eso significa que algo está fallando en el gobierno.

De inicio, la candidata oficialista no representó al gobierno como tal, por algo el ejecutivo no se involucró activamente en su campaña. En parte, porque Gabriel Boric quiere regresar y le sirve de manera maquiavélica que Kast gane la elección. Como dicen algunos miembros del gobierno: esto es política, y se hace según las necesidades del momento.

Pero esta situación demuestra que es un cálculo erróneo. ¿Qué pasa si Kast gana el gobierno y Boric, como principal líder de oposición empieza a “atornillar al revés”, como lo hizo con Sebastián Piñera? ¿Quién va a quedar mal? Con eso Kast tendrá más fuero y más impulso para hacer sus cambios radicales.

Con eso el escenario de polarización aumenta preocupantemente, con el gobierno interviniendo todo lo posible desde el Estado para derrotar a Kast. Mientras el electorado moderado, el que puede inclinar la balanza, no está convencido por ningún candidato.

Si se interpretaran estas elecciones como un plebiscito, no podemos confundirnos: demuestran una censura al personalismo del gobierno y a la forma de hacer política del presidente, y por otro lado, el hecho de que Jara haya obtenido la primera mayoría se debe básicamente a su carisma. El mérito es de Jara, no del gobierno.

El tema pasa por los errores de forma y fondo del presidente. Incluso hay señales complejas en su lenguaje no verbal. Una figura del Frente Amplio que llama a la unidad, que cita continuamente al expresidente Allende y a otros líderes de izquierda, aparece con una boina gauchesca y como estanciero magallánico. Es una imagen contradictoria para un líder de izquierda social y popular, cercano a la gente y a los más humildes. Un error en el mensaje que cuestiona la lógica y veracidad del discurso frenteamplista y del propio presidente.

Gabriel Boric pierde hoy. Pierde porque su candidata tiene un margen corto para crecer y no está moldeando el escenario a su favor. Pierde porque la ambición por proyectarse hacia una futura reelección, obstruye la oportunidad de consolidar un gobierno. Es una mezquindad que rápidamente aprendió de la clase política que tanto criticaba.

En definitiva, lo que estamos presenciando es un momento de inflexión. El gobierno de Gabriel Boric, que alguna vez encarnó la esperanza de una nueva forma de hacer política, hoy enfrenta una crisis de legitimidad, de coherencia y de conexión con la ciudadanía. Las victorias obtenidas en las elecciones, lejos de ser un espaldarazo al oficialismo parece más bien una expresión de la desconexión entre las cúpulas políticas y las verdaderas preocupaciones de la gente. Es una victoria que no entusiasma, que no moviliza, que no proyecta futuro.

Además, la estrategia de desmarcarse de su propia candidata, de jugar al cálculo político con miras a una eventual reelección, revela una lógica que contradice los principios fundacionales del Frente Amplio. Si Boric realmente aspira a volver al poder, debería preocuparse primero de consolidar un legado que valga la pena defender. Porque si el gobierno fracasa, no habrá retorno posible. Y si Kast gana, no será solo una derrota electoral: será una derrota cultural, simbólica y política de proporciones históricas.

El electorado chileno ha demostrado estar cansado de los personalismos, de los discursos vacíos y de los símbolos contradictorios. La imagen de una izquierda que se disfraza de estanciero, que cita a Allende mientras reproduce prácticas de la vieja política, no convence. La ciudadanía exige coherencia, consecuencia y, sobre todo, resultados. No basta con apelar a la épica del pasado si el presente está marcado por la ineficiencia, la improvisación y la falta de rumbo.

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político