jueves, 16 de abril de 2026

Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución

 

Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución 

El conflicto en Medio Oriente, con Israel e Irán en el centro y Estados Unidos como actor permanente, parece no tener salida. Se trata de una mezcla explosiva de nacionalismo, fanatismo religioso y teocracias que gobiernan sin separación entre Estado y religión, dificultades a las que se suman la diversidad cultural que fuerza el conflicto mutuo, y un odio histórico hacia Occidente propiciado por Estados Unidos, autoproclamado “sheriff del mundo” y sus aliados. 

En cuanto a Irán, su historia es paradigmática: el intento de modernización bajo el Sha fue rechazado por las autoridades religiosas, y en 1978 los ayatolás, liderados por Ruhollah Jomeini, instauraron una dictadura teocrática que persiste hasta hoy. Cada apertura hacia la modernidad ha sido sofocada, manteniendo al país en tensión permanente y convirtiéndolo en un polo de inestabilidad entre chiitas y sunitas, entre musulmanes más occidentalizados y otros profundamente conservadores. A esto se suma el conflicto antiisraelí, con atentados, represalias y una dinámica de violencia interminable. 

Acá queda en evidencia que las teocracias presentan una dificultad estructural: en ellas, Dios es política. No existe separación entre gobierno y religión, y el fanatismo se convierte en herramienta de poder, chantaje y control cultural. En este contexto, pensar en soluciones objetivas es casi imposible. Incluso si Estados Unidos y otras potencias se retiraran, el problema interno de Irán, su fanatismo, la represión de su población y el abuso sistemático de las mujeres, seguiría sin resolverse. La región permanece atrapada en una lógica medieval que impide el avance hacia libertades básicas. 

El dilema no es simplemente “buenos contra malos”. Es un choque cultural, político y religioso que no se resuelve con armas ni amenazas. La política internacional ha perdido la capacidad de diálogo, reemplazada por la lógica del “cowboy”: primero se dispara, después se pregunta. Lamentablemente esta dinámica ya no es exclusiva de Estados Unidos ni de Occidente; es parte de un sistema internacional donde los líderes buscan hegemonía, imponiendo proyectos globales sin empatía ni disposición a compartir el mundo. 

Internacionalmente, la multipolaridad actual con China, Rusia, Europa, Japón y otros actores, obliga a repensar el equilibrio de poder. La Guerra Fría enseñó que la paz se mantenía mostrando los dientes, pero evitando el choque directo. Hoy, sin mecanismos de diálogo entre potencias, el riesgo es que las diferencias escalen hacia conflictos de gran magnitud. La única salida posible es recuperar la moderación y el diálogo, aunque la política contemporánea parece haber olvidado esa lección. 

Así el problema de Medio Oriente no tiene solución simple porque no se trata solo de geopolítica, sino de culturas, religiones y odios históricos. Mientras el fanatismo siga siendo la base de la política y el diálogo esté ausente, la región permanecerá atrapada en un ciclo de violencia. La verdadera salida exige recuperar la capacidad de conversar, de construir puentes más allá de las diferencias, y de entender que imponer hegemonías solo conduce a la destrucción. 

La salida del laberinto de Medio Oriente no puede basarse únicamente en la fuerza militar ni en sanciones económicas. Requiere un esfuerzo sostenido de diplomacia multilateral, donde actores regionales y globales se comprometan a abrir espacios de negociación que incluya a las sociedades civiles, no solo a los gobiernos. La presión internacional debe orientarse hacia el respeto de los derechos humanos, especialmente de las mujeres y minorías, y a la creación de mecanismos que reduzcan la influencia del fanatismo religioso en la política. Iniciativas como foros regionales de diálogo, acuerdos de cooperación económica y programas de intercambio cultural pueden sembrar confianza y disminuir la percepción de amenaza constante. 

Aunque el camino es largo y lleno de obstáculos, la única alternativa viable es construir puentes que permitan transformar la lógica de confrontación en una lógica de coexistencia. Sin esa apuesta por la moderación y el entendimiento, el ciclo de violencia seguirá repitiéndose indefinidamente.

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

jueves, 9 de abril de 2026

La política y la esperanza: entre la promesa y el poder

 

La política y la esperanza: entre la promesa y el poder 

La gran reflexión que todo ciudadano debe hacerse, es sobre cuál es la misión de la política, si esta representa la búsqueda de esperanza o si, en realidad, se reduce a la administración del poder. Sin embargo, hay quienes gobiernan únicamente para conservar poder y estos, no tienen por qué pensar en el bien común, ni en la esperanza de la ciudadanía: el poder es su fin en sí mismo. 

Pese a esto, es mejor asumir que la mayoría de los partidos y líderes políticos llegan al poder con la intención de transformar la realidad, de impulsar cambios estructurales, y en ese proceso inevitablemente generan expectativas y esperanza, aunque muchas veces sin reconocerlo o incluso de manera dolosa. 

De ahí surge una cuestión legítima: ¿se llega al poder para gobernar o para ofrecer esperanza? Los manuales de ciencia política no logran dar cuenta de esta dimensión subjetiva. Algunos sostienen que movimientos como el Frente Amplio y otros líderes alcanzan el gobierno porque ofrecen un sueño, un proyecto, una visión compartida que moviliza mayorías. Pero la Realpolitik nos recuerda que la política es, ante todo, ejercicio de poder. Y en ese ejercicio, la esperanza sólo tiene sentido si se traduce en resultados plausibles, sostenidos por un sistema que funcione y que garantice derechos. El problema es que ese sistema rara vez ofrece garantías universales: es desigual, irracional y profundamente asimétrico. 

En este contexto, las campañas electorales se convierten en un terreno fértil para la demagogia. Se ofrecen proyectos y candidaturas que, más allá de su contenido, transmiten esperanza. Pero gobernar no es lo mismo que prometer. Gobernar implica voluntad política, capacidad de acuerdo, virtudes institucionales y eficacia en la gestión. La esperanza, el slogan y las promesas suelen desvanecerse frente a la realidad, y ahí se explica por qué las “lunas de miel” de los gobiernos duran cada vez menos. Las falsas expectativas terminan transformándose en una demagogia permanente que, al no concretarse, deja al discurso político vacío y desconectado de la realidad. 

La política, entonces, revela su complejidad: más que promesas o hipótesis, lo que importa son los resultados y cómo estos se materializan en hechos concretos que beneficien a la ciudadanía. La esperanza cumple un rol inicial, útil para ganar votos, pero no puede ser el eje de la administración del poder. Cuando los gobiernos siguen jugando con expectativas imposibles, caen en una demagogia innecesaria que tarde o temprano deben pagar caro, explicando por qué no lograron lo que nunca estuvieron en condiciones de cumplir. La verdad se oculta para sostener la ilusión, pero esa ilusión tarde o temprano, se derrumba. 

Desde ese punto, la política contemporánea sufre un gran dilema que no puede seguir ocultándose, ¿realmente es un instrumento para transformar la realidad o un mecanismo para sostener ficciones que movilizan voluntades? Porque la esperanza, cuando se convierte en mercancía electoral, pierde su carácter emancipador y se degrada en simple recurso retórico.

El verdadero desafío consiste en reconocer que el poder no se legitima por la promesa, sino por la capacidad de materializar cambios tangibles que reduzcan desigualdades y fortalezcan la vida democrática. Mientras los gobiernos insistan en administrar ilusiones en lugar de resultados, la distancia entre ciudadanía y política seguirá ampliándose, erosionando la confianza y debilitando las instituciones. 

En conclusión, la política no puede seguir siendo un teatro de expectativas incumplidas: debe recuperar su sentido como práctica de responsabilidad, donde la palabra vincula con la acción y la acción con la justicia. Solo así la esperanza dejará de ser un espejismo electoral y se convertirá en horizonte real de transformación, capaz de sostener proyectos colectivos que trasciendan la lógica del poder por el poder y devuelvan a la ciudadanía la convicción de que gobernar significa servir, no engañar. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político