“El desafío de gobernar sin excusas”

 “El desafío de gobernar sin excusas”

El gobierno de José Antonio Kast, a pocos meses de iniciar su gestión, está teniendo un discurso agresivo acusando al gobierno saliente de quiebra del Estado, producto de no poder utilizar el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO). Referente a esta afirmación, el debate originado entre oficialismo y oposición refleja más que un diagnóstico económico, sino un ejercicio político y comunicacional.

La idea de “quiebra” se instaló como un recurso retórico, pero carece de sustento técnico. Un Estado quebrado es aquel que no puede cumplir sus funciones básicas, que no dispone de recursos para pagar sueldos, financiar servicios esenciales o sostener la institucionalidad. Chile, pese a sus dificultades, no se encuentra en esa situación.

El gobierno de Gabriel Boric enfrentó un escenario complejo: presiones sociales, demandas acumuladas y un contexto internacional adverso. Hubo errores, sí, y también exceso de gasto en ciertos momentos. Sin embargo, reducir toda su gestión a la caricatura de un país en bancarrota es una falacia. La administración del ministro Mario Marcel, con sus luces y sombras, logró mantener la estabilidad macroeconómica, preservar reservas internacionales y cerrar con un superávit fiscal en algunos tramos. Estos datos contradicen la narrativa de la quiebra.

La polémica surge porque el discurso político busca instalar percepciones más que realidades. Decir que se recibió un país “sin dinero” es un mensaje potente para justificar decisiones difíciles, pero no corresponde a la verdad. El Estado chileno tiene recursos, aunque limitados, y enfrenta desafíos de crecimiento e inversión. Lo que sí existió fue un déficit de confianza en la administración, lo que frenó la inversión privada y estancó el crecimiento. Pero eso es muy distinto a la insolvencia absoluta.

Por otro lado, comparar la situación actual con momentos históricos como el final del gobierno de Salvador Allende o la crisis inflacionaria de la dictadura de Pinochet es desproporcionado. Aquellos fueron escenarios de descontrol económico real, con inflación desbordada y desequilibrios estructurales. Hoy, pese a las tensiones, Chile mantiene instituciones sólidas, acceso a financiamiento y capacidad de gestión.

Ahora, el nuevo gobierno encabezado por José Antonio Kast, tiene la responsabilidad de gobernar con realismo. No basta con señalar los errores del pasado: debe asumir el presente y proyectar el futuro. Desde allí la crítica a la

administración anterior puede ser legítima, aunque insistir en la idea de “quiebra” erosiona la credibilidad y genera un clima de desconfianza que afecta a todos.

En definitiva, el país no está quebrado, las reservas, los ingresos fiscales y la institucionalidad siguen operando. Decir lo contrario es engañar a la ciudadanía, porque no se gobierna con consignas alarmistas, sino con responsabilidad y visión de futuro. El discurso de la “quiebra” puede servir para instalar un relato, pero no construye soluciones. El verdadero desafío es reconocer las falencias, corregir los excesos y avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible.

Es allí donde el nuevo gobierno debe dejar de mirar atrás con resentimiento y asumir que ahora la responsabilidad es suya. Gobernar no es culpar: es decidir, ejecutar y responder. Y en ese terreno, las palabras deben ser tan firmes como los hechos.

La ciudadanía espera certezas, no excusas. Espera políticas que enfrenten la desigualdad, que reactiven la inversión y que devuelvan confianza en las instituciones. El país necesita un liderazgo que inspire, que convoque y que sea capaz de transformar las dificultades en oportunidades. Decir que Chile está en quiebra es renunciar a esa tarea, es sembrar miedo donde debería haber esperanza.

Hoy, más que nunca, se requiere un lenguaje de construcción, no de demolición. El gobierno actual tiene la oportunidad de demostrar que puede gobernar con seriedad, con propuestas claras y con un compromiso real hacia el bienestar colectivo. La historia no se escribe con acusaciones vacías, sino con decisiones valientes. Y es allí donde se medirá la verdadera capacidad de quienes hoy conducen el país.

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

El populismo como amenaza transversal

 

El populismo como amenaza transversal 

El cambio de gobierno en Chile parece traer consigo, una vez más, el juego del populismo. No importa si proviene de la izquierda o de la derecha: las dos caras de la moneda muestran el mismo patrón. No es exclusivo del Frente Amplio y sus gobiernos improvisados; también lo vemos en la derecha con la irrupción de los republicanos y el liderazgo de José Antonio Kast. Así, pasamos de cuatro años de populismo de izquierda a cuatro años de populismo de derecha. En ambos casos, se privilegia la solución fácil, rápida y efectista, apoyada en los medios de comunicación, el marketing y la imagen. Partidos nuevos, de uno y otro sector, buscan llegar directamente a la ciudadanía mediante fórmulas simplistas que, aunque seductoras, terminan siendo profundamente dañinas. 

El verdadero problema es que las consecuencias de este fenómeno no se verán de inmediato, sino a mediano y largo plazo. Persistirá el descontento ciudadano y la insatisfacción de necesidades básicas, mientras tanto nuestra democracia se verá sofocada por líderes mal preparados, que recurren a estrategias efectistas y superficiales. Incluso prácticas prohibidas, como los regalos o sorteos en campañas, que han sido utilizadas para manipular el voto. Todo esto es una expresión clara del populismo. 

Hoy, el populismo ya no se disfraza, avanza sin pudor. La ideología queda relegada; no importa si es izquierda, derecha, capitalismo o anticapitalismo. Lo que importa es quién logra más votos con el mensaje más certero y la promesa más irresponsable. Se instala así un estilo político arrogante y demagógico, que promete lo imposible y engaña a la ciudadanía con soluciones mágicas para problemas complejos. 

Estamos malacostumbrando a la población, institucionalizando la irresponsabilidad y justificando que cualquier cosa se puede hacer para alcanzar el poder. La política se reduce a clientelismo y promesas vacías, sin regulación real de los conflictos ni de soluciones sostenibles. Se gobierna con “aspirinas” y “paracetamol” eternos, mientras el ciudadano vive chantajeado, política y emocionalmente, esperando milagros que nunca llegan. Esto erosiona la confianza en el sistema y en la política misma. 

La consecuencia es grave: partidos tradicionales deforman sus plataformas ideológicas para sobrevivir al populismo interno, generando alianzas por conveniencia y perdiendo credibilidad. Muchos han desaparecido, están en crisis o apenas sobreviven, porque han cedido ante la lógica populista y el camaleonismo electoral. La política responsable, aquella que regula conflictos y busca soluciones de fondo, se ve cada vez más lejana. 

Por eso, es urgente reflexionar y ser implacables en la exigencia de comportamientos éticos. Debemos impedir que las conductas populistas se institucionalicen como norma política. El populismo no es solo un estilo; es una amenaza que degrada la democracia, manipula sentimientos y perpetúa la irresponsabilidad. Si no lo enfrentamos con firmeza, lo que nos espera es una crisis política terminal y una ciudadanía cada vez más desencantada y vulnerable. 

El populismo, disfrazado de soluciones rápidas y discursos efectistas, ha contaminado transversalmente la política chilena. No distingue ideologías: izquierda, derecha y centro han cedido a la tentación de prometer lo imposible, debilitando la confianza ciudadana y erosionando la esencia de la democracia. Lo grave es que esta práctica no solo manipula emociones, sino que institucionaliza la irresponsabilidad y convierte la política en clientelismo vacío. La consecuencia es una crisis de credibilidad que amenaza con volverse terminal. Ante ello, la única salida es exigir ética, responsabilidad y proyectos de largo plazo, porque normalizar el populismo equivale a aceptar que la política deje de ser un espacio de regulación de conflictos y se transforme en un espectáculo de promesas incumplidas. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político