Una mirada fresca a lo que sucede en Chile, desde el extremo sur del país.
Una mirada fresca a lo que sucede en Chile, desde el extremo sur del país.
viernes, 1 de mayo de 2026
“El desafío de gobernar sin excusas”
“El desafío de gobernar sin excusas”
El gobierno de José Antonio Kast, a pocos meses de iniciar su gestión, está teniendo un discurso agresivo acusando al gobierno saliente de quiebra del Estado, producto de no poder utilizar el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO). Referente a esta afirmación, el debate originado entre oficialismo y oposición refleja más que un diagnóstico económico, sino un ejercicio político y comunicacional.
La idea de “quiebra” se instaló como un recurso retórico, pero carece de sustento técnico. Un Estado quebrado es aquel que no puede cumplir sus funciones básicas, que no dispone de recursos para pagar sueldos, financiar servicios esenciales o sostener la institucionalidad. Chile, pese a sus dificultades, no se encuentra en esa situación.
El gobierno de Gabriel Boric enfrentó un escenario complejo: presiones sociales, demandas acumuladas y un contexto internacional adverso. Hubo errores, sí, y también exceso de gasto en ciertos momentos. Sin embargo, reducir toda su gestión a la caricatura de un país en bancarrota es una falacia. La administración del ministro Mario Marcel, con sus luces y sombras, logró mantener la estabilidad macroeconómica, preservar reservas internacionales y cerrar con un superávit fiscal en algunos tramos. Estos datos contradicen la narrativa de la quiebra.
La polémica surge porque el discurso político busca instalar percepciones más que realidades. Decir que se recibió un país “sin dinero” es un mensaje potente para justificar decisiones difíciles, pero no corresponde a la verdad. El Estado chileno tiene recursos, aunque limitados, y enfrenta desafíos de crecimiento e inversión. Lo que sí existió fue un déficit de confianza en la administración, lo que frenó la inversión privada y estancó el crecimiento. Pero eso es muy distinto a la insolvencia absoluta.
Por otro lado, comparar la situación actual con momentos históricos como el final del gobierno de Salvador Allende o la crisis inflacionaria de la dictadura de Pinochet es desproporcionado. Aquellos fueron escenarios de descontrol económico real, con inflación desbordada y desequilibrios estructurales. Hoy, pese a las tensiones, Chile mantiene instituciones sólidas, acceso a financiamiento y capacidad de gestión.
Ahora, el nuevo gobierno encabezado por José Antonio Kast, tiene la responsabilidad de gobernar con realismo. No basta con señalar los errores del pasado: debe asumir el presente y proyectar el futuro. Desde allí la crítica a la
administración anterior puede ser legítima, aunque insistir en la idea de “quiebra” erosiona la credibilidad y genera un clima de desconfianza que afecta a todos.
En definitiva, el país no está quebrado, las reservas, los ingresos fiscales y la institucionalidad siguen operando. Decir lo contrario es engañar a la ciudadanía, porque no se gobierna con consignas alarmistas, sino con responsabilidad y visión de futuro. El discurso de la “quiebra” puede servir para instalar un relato, pero no construye soluciones. El verdadero desafío es reconocer las falencias, corregir los excesos y avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible.
Es allí donde el nuevo gobierno debe dejar de mirar atrás con resentimiento y asumir que ahora la responsabilidad es suya. Gobernar no es culpar: es decidir, ejecutar y responder. Y en ese terreno, las palabras deben ser tan firmes como los hechos.
La ciudadanía espera certezas, no excusas. Espera políticas que enfrenten la desigualdad, que reactiven la inversión y que devuelvan confianza en las instituciones. El país necesita un liderazgo que inspire, que convoque y que sea capaz de transformar las dificultades en oportunidades. Decir que Chile está en quiebra es renunciar a esa tarea, es sembrar miedo donde debería haber esperanza.
Hoy, más que nunca, se requiere un lenguaje de construcción, no de demolición. El gobierno actual tiene la oportunidad de demostrar que puede gobernar con seriedad, con propuestas claras y con un compromiso real hacia el bienestar colectivo. La historia no se escribe con acusaciones vacías, sino con decisiones valientes. Y es allí donde se medirá la verdadera capacidad de quienes hoy conducen el país.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
El populismo como amenaza transversal
El populismo como amenaza transversal
El cambio de gobierno en Chile parece traer consigo, una vez más, el juego del populismo. No importa si proviene de la izquierda o de la derecha: las dos caras de la moneda muestran el mismo patrón. No es exclusivo del Frente Amplio y sus gobiernos improvisados; también lo vemos en la derecha con la irrupción de los republicanos y el liderazgo de José Antonio Kast. Así, pasamos de cuatro años de populismo de izquierda a cuatro años de populismo de derecha. En ambos casos, se privilegia la solución fácil, rápida y efectista, apoyada en los medios de comunicación, el marketing y la imagen. Partidos nuevos, de uno y otro sector, buscan llegar directamente a la ciudadanía mediante fórmulas simplistas que, aunque seductoras, terminan siendo profundamente dañinas.
El verdadero problema es que las consecuencias de este fenómeno no se verán de inmediato, sino a mediano y largo plazo. Persistirá el descontento ciudadano y la insatisfacción de necesidades básicas, mientras tanto nuestra democracia se verá sofocada por líderes mal preparados, que recurren a estrategias efectistas y superficiales. Incluso prácticas prohibidas, como los regalos o sorteos en campañas, que han sido utilizadas para manipular el voto. Todo esto es una expresión clara del populismo.
Hoy, el populismo ya no se disfraza, avanza sin pudor. La ideología queda relegada; no importa si es izquierda, derecha, capitalismo o anticapitalismo. Lo que importa es quién logra más votos con el mensaje más certero y la promesa más irresponsable. Se instala así un estilo político arrogante y demagógico, que promete lo imposible y engaña a la ciudadanía con soluciones mágicas para problemas complejos.
Estamos malacostumbrando a la población, institucionalizando la irresponsabilidad y justificando que cualquier cosa se puede hacer para alcanzar el poder. La política se reduce a clientelismo y promesas vacías, sin regulación real de los conflictos ni de soluciones sostenibles. Se gobierna con “aspirinas” y “paracetamol” eternos, mientras el ciudadano vive chantajeado, política y emocionalmente, esperando milagros que nunca llegan. Esto erosiona la confianza en el sistema y en la política misma.
La consecuencia es grave: partidos tradicionales deforman sus plataformas ideológicas para sobrevivir al populismo interno, generando alianzas por conveniencia y perdiendo credibilidad. Muchos han desaparecido, están en crisis o apenas sobreviven, porque han cedido ante la lógica populista y el camaleonismo electoral. La política responsable, aquella que regula conflictos y busca soluciones de fondo, se ve cada vez más lejana.
Por eso, es urgente reflexionar y ser implacables en la exigencia de comportamientos éticos. Debemos impedir que las conductas populistas se institucionalicen como norma política. El populismo no es solo un estilo; es una amenaza que degrada la democracia, manipula sentimientos y perpetúa la irresponsabilidad. Si no lo enfrentamos con firmeza, lo que nos espera es una crisis política terminal y una ciudadanía cada vez más desencantada y vulnerable.
El populismo, disfrazado de soluciones rápidas y discursos efectistas, ha contaminado transversalmente la política chilena. No distingue ideologías: izquierda, derecha y centro han cedido a la tentación de prometer lo imposible, debilitando la confianza ciudadana y erosionando la esencia de la democracia. Lo grave es que esta práctica no solo manipula emociones, sino que institucionaliza la irresponsabilidad y convierte la política en clientelismo vacío. La consecuencia es una crisis de credibilidad que amenaza con volverse terminal. Ante ello, la única salida es exigir ética, responsabilidad y proyectos de largo plazo, porque normalizar el populismo equivale a aceptar que la política deje de ser un espacio de regulación de conflictos y se transforme en un espectáculo de promesas incumplidas.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 24 de abril de 2026
sábado, 18 de abril de 2026
viernes, 17 de abril de 2026
jueves, 16 de abril de 2026
Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución
Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución
El conflicto en Medio Oriente, con Israel e Irán en el centro y Estados Unidos como actor permanente, parece no tener salida. Se trata de una mezcla explosiva de nacionalismo, fanatismo religioso y teocracias que gobiernan sin separación entre Estado y religión, dificultades a las que se suman la diversidad cultural que fuerza el conflicto mutuo, y un odio histórico hacia Occidente propiciado por Estados Unidos, autoproclamado “sheriff del mundo” y sus aliados.
En cuanto a Irán, su historia es paradigmática: el intento de modernización bajo el Sha fue rechazado por las autoridades religiosas, y en 1978 los ayatolás, liderados por Ruhollah Jomeini, instauraron una dictadura teocrática que persiste hasta hoy. Cada apertura hacia la modernidad ha sido sofocada, manteniendo al país en tensión permanente y convirtiéndolo en un polo de inestabilidad entre chiitas y sunitas, entre musulmanes más occidentalizados y otros profundamente conservadores. A esto se suma el conflicto antiisraelí, con atentados, represalias y una dinámica de violencia interminable.
Acá queda en evidencia que las teocracias presentan una dificultad estructural: en ellas, Dios es política. No existe separación entre gobierno y religión, y el fanatismo se convierte en herramienta de poder, chantaje y control cultural. En este contexto, pensar en soluciones objetivas es casi imposible. Incluso si Estados Unidos y otras potencias se retiraran, el problema interno de Irán, su fanatismo, la represión de su población y el abuso sistemático de las mujeres, seguiría sin resolverse. La región permanece atrapada en una lógica medieval que impide el avance hacia libertades básicas.
El dilema no es simplemente “buenos contra malos”. Es un choque cultural, político y religioso que no se resuelve con armas ni amenazas. La política internacional ha perdido la capacidad de diálogo, reemplazada por la lógica del “cowboy”: primero se dispara, después se pregunta. Lamentablemente esta dinámica ya no es exclusiva de Estados Unidos ni de Occidente; es parte de un sistema internacional donde los líderes buscan hegemonía, imponiendo proyectos globales sin empatía ni disposición a compartir el mundo.
Internacionalmente, la multipolaridad actual con China, Rusia, Europa, Japón y otros actores, obliga a repensar el equilibrio de poder. La Guerra Fría enseñó que la paz se mantenía mostrando los dientes, pero evitando el choque directo. Hoy, sin mecanismos de diálogo entre potencias, el riesgo es que las diferencias escalen hacia conflictos de gran magnitud. La única salida posible es recuperar la moderación y el diálogo, aunque la política contemporánea parece haber olvidado esa lección.
Así el problema de Medio Oriente no tiene solución simple porque no se trata solo de geopolítica, sino de culturas, religiones y odios históricos. Mientras el fanatismo siga siendo la base de la política y el diálogo esté ausente, la región permanecerá atrapada en un ciclo de violencia. La verdadera salida exige recuperar la capacidad de conversar, de construir puentes más allá de las diferencias, y de entender que imponer hegemonías solo conduce a la destrucción.
La salida del laberinto de Medio Oriente no puede basarse únicamente en la fuerza militar ni en sanciones económicas. Requiere un esfuerzo sostenido de diplomacia multilateral, donde actores regionales y globales se comprometan a abrir espacios de negociación que incluya a las sociedades civiles, no solo a los gobiernos. La presión internacional debe orientarse hacia el respeto de los derechos humanos, especialmente de las mujeres y minorías, y a la creación de mecanismos que reduzcan la influencia del fanatismo religioso en la política. Iniciativas como foros regionales de diálogo, acuerdos de cooperación económica y programas de intercambio cultural pueden sembrar confianza y disminuir la percepción de amenaza constante.
Aunque el camino es largo y lleno de obstáculos, la única alternativa
viable es construir puentes que permitan transformar la lógica de confrontación
en una lógica de coexistencia. Sin esa apuesta por la moderación y el
entendimiento, el ciclo de violencia seguirá repitiéndose indefinidamente.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 10 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La política y la esperanza: entre la promesa y el poder
La política y la esperanza: entre la promesa y el poder
La gran reflexión que todo ciudadano debe hacerse, es sobre cuál es la misión de la política, si esta representa la búsqueda de esperanza o si, en realidad, se reduce a la administración del poder. Sin embargo, hay quienes gobiernan únicamente para conservar poder y estos, no tienen por qué pensar en el bien común, ni en la esperanza de la ciudadanía: el poder es su fin en sí mismo.
Pese a esto, es mejor asumir que la mayoría de los partidos y líderes políticos llegan al poder con la intención de transformar la realidad, de impulsar cambios estructurales, y en ese proceso inevitablemente generan expectativas y esperanza, aunque muchas veces sin reconocerlo o incluso de manera dolosa.
De ahí surge una cuestión legítima: ¿se llega al poder para gobernar o para ofrecer esperanza? Los manuales de ciencia política no logran dar cuenta de esta dimensión subjetiva. Algunos sostienen que movimientos como el Frente Amplio y otros líderes alcanzan el gobierno porque ofrecen un sueño, un proyecto, una visión compartida que moviliza mayorías. Pero la Realpolitik nos recuerda que la política es, ante todo, ejercicio de poder. Y en ese ejercicio, la esperanza sólo tiene sentido si se traduce en resultados plausibles, sostenidos por un sistema que funcione y que garantice derechos. El problema es que ese sistema rara vez ofrece garantías universales: es desigual, irracional y profundamente asimétrico.
En este contexto, las campañas electorales se convierten en un terreno fértil para la demagogia. Se ofrecen proyectos y candidaturas que, más allá de su contenido, transmiten esperanza. Pero gobernar no es lo mismo que prometer. Gobernar implica voluntad política, capacidad de acuerdo, virtudes institucionales y eficacia en la gestión. La esperanza, el slogan y las promesas suelen desvanecerse frente a la realidad, y ahí se explica por qué las “lunas de miel” de los gobiernos duran cada vez menos. Las falsas expectativas terminan transformándose en una demagogia permanente que, al no concretarse, deja al discurso político vacío y desconectado de la realidad.
La política, entonces, revela su complejidad: más que promesas o hipótesis, lo que importa son los resultados y cómo estos se materializan en hechos concretos que beneficien a la ciudadanía. La esperanza cumple un rol inicial, útil para ganar votos, pero no puede ser el eje de la administración del poder. Cuando los gobiernos siguen jugando con expectativas imposibles, caen en una demagogia innecesaria que tarde o temprano deben pagar caro, explicando por qué no lograron lo que nunca estuvieron en condiciones de cumplir. La verdad se oculta para sostener la ilusión, pero esa ilusión tarde o temprano, se derrumba.
Desde ese punto, la política contemporánea sufre un gran dilema que no
puede seguir ocultándose, ¿realmente es un instrumento para transformar la
realidad o un mecanismo para sostener ficciones que movilizan voluntades?
Porque la esperanza, cuando se convierte en mercancía electoral, pierde su
carácter emancipador y se degrada en simple recurso retórico.
El verdadero desafío consiste en reconocer que el poder no se legitima por la promesa, sino por la capacidad de materializar cambios tangibles que reduzcan desigualdades y fortalezcan la vida democrática. Mientras los gobiernos insistan en administrar ilusiones en lugar de resultados, la distancia entre ciudadanía y política seguirá ampliándose, erosionando la confianza y debilitando las instituciones.
En conclusión, la política no puede seguir siendo un teatro de expectativas incumplidas: debe recuperar su sentido como práctica de responsabilidad, donde la palabra vincula con la acción y la acción con la justicia. Solo así la esperanza dejará de ser un espejismo electoral y se convertirá en horizonte real de transformación, capaz de sostener proyectos colectivos que trasciendan la lógica del poder por el poder y devuelvan a la ciudadanía la convicción de que gobernar significa servir, no engañar.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político