viernes, 8 de mayo de 2026

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El eterno enemigo de la política en Chile: el revanchismo

 

El eterno enemigo de la política en Chile: el revanchismo

A esta altura es una regla no escrita, al iniciar un nuevo gobierno, los antecesores a este siempre son presentados como los peores. El que se va se convierte en culpable de todos los males, especialmente si hubo rivalidad o una campaña agresiva. Así ocurre hoy entre el Frente Amplio y Republicanos, que representan polos opuestos del arco político y han llevado el revanchismo a un nivel que polariza aún más el escenario.

En esta dinámica, para José Antonio Kast todos los errores serán responsabilidad de su antecesor. Y si la secuencia hubiera sido inversa —primero Kast y luego Boric— el mecanismo habría sido idéntico.

Cabe aclarar, este mecanismo se ha vuelto una práctica arraigada en la política chilena: se culpa al dirigente o gobierno anterior, con o sin fundamento, como estrategia para justificar la propia gestión, sobre todo si proviene de un sector político contrario; en ese caso, el objetivo se transforma en acabar con el enemigo. Y Kast ya ha demostrado que no tiene reparos en aplicar este procedimiento al pie de la letra, centrándose en la figura de Gabriel Boric, nuevo blanco de desprestigio más allá de sus propios errores.

En cuanto a los gobiernos salientes, son descritos como incompetentes, sus diagnósticos como equivocados, sus proyectos como truncos. Nunca hay un mea culpa de la oposición que bloqueó avances; siempre se insiste en que “los anteriores hicieron todo mal”. Este mecanismo refleja una pobreza intelectual y política, que lamentablemente ha consolidado una forma de gobernar: se evita el diálogo, se rehúye el acuerdo y se insiste en borrar con el codo los avances previos. El resultado es un clima de polarización y autoritarismo que termina dañando a la ciudadanía, porque la política se reduce a una lucha mezquina por demostrar que el otro fue peor.

El populismo encuentra aquí su herramienta más burda y usada: culpar al adversario. Boric lo hizo con Piñera, Kast lo hace con Boric, y así se repite la premisa de que “como pecas, pagas”. Pero gobernar con ánimo de revancha es un error. No se puede construir país desde la descalificación permanente ni desde la demagogia de promesas fáciles. Chile tiene más de 200 años de historia en que distintos gobiernos han aportado, con aciertos y errores, al desarrollo nacional. Persistir en la lógica de que “el anterior es el peor” solo genera crisis políticas que terminan costando caro.

Aquí la clase política debería dar el ejemplo y preocuparse de la estabilidad emocional, política y económica de la ciudadanía. Sin embargo, tanto Frente Amplio como Republicanos han normalizado la descalificación como política pública, arrastrando al país hacia una dinámica cada vez más burda y simplista. La consecuencia es clara: se gobierna para minorías ideológicas, olvidando que la responsabilidad es con la mayoría social, cultural y política que muchas veces no se siente representada por quienes llegan al poder.

Además, esta práctica erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. Cuando cada nuevo gobierno insiste en que el anterior fue un desastre, el mensaje implícito es que el Estado carece de continuidad y que las políticas públicas son frágiles, sujetas al capricho de quienes gobiernan. Esa percepción debilita la legitimidad democrática y alimenta el desencanto, porque la ciudadanía observa que más que gobernar para resolver problemas, los líderes se dedican a ajustar cuentas con sus rivales. El costo es enorme: se pierde tiempo, se paralizan proyectos y se posterga el bienestar colectivo.

Por lo tanto, es urgente abandonar la lógica arbitraria de que los gobiernos anteriores son siempre los peores. No lo son. Son simplemente gobiernos que enfrentan sus propias circunstancias y cometieron sus propios errores. El aprovechamiento mutuo de esas caídas solo perjudica al país, que lo único que exige es desarrollo, igualdad, libertad y humanidad. Si los sectores políticos no son capaces de ver esto con altura de miras, entonces quedará demostrado que no los guía el interés general ni el bien común, sino intereses mezquinos y batallas pequeñas. Y esa es la peor señal que pueden dar a una ciudadanía que espera soluciones, no excusas.

 

Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político

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