martes, 11 de agosto de 2026

La república de la bufonada: El peligroso ascenso de la política espectáculo

 

La república de la bufonada: El peligroso ascenso de la política espectáculo 

Las últimas administraciones se han convertido en una comedia de sí mismas, atrapadas en una hipocresía que termina transformando sus esfuerzos en una farsa estructural. Es así que hoy asistimos a la era de los “gobiernos guasónicos”, como el personaje del cine, fríos operadores que sonríen a la hora de contemplar el deterioro institucional, mientras el país arde. Prefieren la espectacularización del conflicto al trabajo técnico que exige resolver los problemas nacionales. 

La duda razonable, acaso pueden considerarse legítimos los gobiernos cuando el presidente, sus parlamentarios y coaliciones actúan como caricaturas de sus propios cargos. Cuando sus discursos carecen de solidez, abundan en demagogia y responden a una necesidad permanente de protagonismo. 

Así es que la política ya no parece medirse por reformas o resultados, sino por visualizaciones, tendencias y encuestas. Como consecuencia, Chile atraviesa una profunda carencia de dirección política. No se trata de espiritualidad religiosa, sino de la ausencia de un proyecto doctrinario capaz de orientar las decisiones del Estado, sello que tuvieron los gobiernos de Eduardo Frei Montalva, con su “Revolución en libertard”; o los gobiernos de la concertación con una línea de progresismo, mientras se retomaba la democracia. Sin embargo, los gobiernos guasónicos han sustituido los principios por el oportunismo, la estrategia por la improvisación y la convicción por el cálculo electoral. 

A ello se suma un progresivo debilitamiento institucional. Los sectores más radicales, tanto de derecha como de izquierda, muestran escasa valoración por los contrapesos democráticos y por la cultura del acuerdo. Esta actitud erosiona la confianza pública y genera un vacío político y ético que termina afectando la legitimidad de las decisiones estatales. Luego, cómo exigir respeto por la ley cuando quienes deben encarnarla transforman la política en un espectáculo permanente. 

Quién diría que de la sátira pasaríamos a la realidad. En los años noventa, Andrés Rillón y Julio Jung, en Medio Mundo, ridiculizaban estos vicios mediante el ficticio "Partido de la Restauración Democrática Permanente". Lo que entonces era una sátira brillante, exagerando las actitudes de los políticos, terminó pareciéndose demasiado a la realidad. La caricatura dejó de ser excepción para convertirse, lamentablemente, en el estilo habitual de buena parte de la clase dirigente. 

La consecuencia ha sido la normalización de una política donde predominan el eslogan, la respuesta fácil y la búsqueda de popularidad. Importa más viralizar un video o ganar el siguiente ciclo de noticias que construir políticas eficaces. El Congreso y los ministerios corren el riesgo de transformarse en escenarios donde el golpe comunicacional pesa más que la calidad técnica de una ley o el impacto real de una política pública. 

No podemos seguir condenando al país a esta mediocridad. La bufonería nunca será un camino serio para fortalecer el Estado. Ello no implica exigir gobernantes solemnes o incapaces de conectar con la ciudadanía. No obstante, sí es necesario establecer que la cercanía es una virtud democrática; la frivolidad permanente es un vicio que deteriora las instituciones. 

Lo urgente es recuperar la responsabilidad, la madurez y el sentido histórico en el ejercicio del poder. La conducción de un país no puede reducirse a un espectáculo de baja calidad donde el ingenio reemplaza a las soluciones y la demagogia suplanta al liderazgo. Los problemas sociales, económicos y de seguridad requieren gobernantes capaces de administrar con rigor y no actores preocupados únicamente de la siguiente puesta en escena. 

Ha llegado el momento de abandonar las máscaras de la política espectáculo y devolver a la institucionalidad el respeto, la profundidad ideológica y la dignidad que nunca debió perder. Porque una democracia sólida necesita gobernantes que comprendan que la popularidad es pasajera, pero que las instituciones, cuando se deterioran, tardan generaciones en reconstruirse. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

 

Abrazos de madrastra y silencio cómplice

 

Abrazos de madrastra y silencio cómplice 

¿Son las mutaciones del lenguaje inclusivo una transformación real? o bien, ¿son un simple artificio retórico diseñado para no incomodar, sin verdaderamente incluir? Esas son las preguntas de fondo por las cuales hoy se debate con vehemencia sobre los cambios morfológicos que desafían la norma gramatical estándar, tildados por muchos de complejos, ridículos o ajenos a nuestro idioma. Sin embargo, la verdadera respuesta a las primeras interrogantes no se halla en la lingüística, sino en su ribete político, social y moral. 

La realidad demuestra que un cambio en las palabras no puede desmantelar la discriminación estructural, porque de fondo persisten nuestras conductas cotidianas. Se puede adoptar el vocabulario de moda y discursear con consciencia sobre las minorías, el feminismo o la discapacidad, pero si en la práctica seguimos segregando, el lenguaje inclusivo se convierte en una farsa. 

Hablo desde la herida y la experiencia. Estudié en un colegio que hacía de la diversidad su principal estrategia de propaganda. Sus muros y pasillos estaban saturados de murales coloridos y hermosas consignas que hablaban de bienestar, respeto, armonía y una inclusión idílica. Era una retórica perfecta en la teoría, una fachada pulcra diseñada para la tranquilidad de los adultos y el prestigio de la institución. 

No obstante, detrás de esa escenografía progresista se escondía una violencia feroz. De la decena de estudiantes con discapacidad que habitamos esas aulas, marcados por el dolor y la indiferencia, solo uno logró sobrevivir al entorno sin quebrarse del todo: quien escribe estas líneas. 

En ese ambiente fuimos sistemáticamente devorados por el sistema escolar, víctimas en distintas medidas del encono, la burla cruel, el maltrato físico y psicológico y por, sobre todo, del silencio cómplice de algunos profesores y directivos. 

Esa es la mayor hipocresía institucional, colgar carteles sobre el respeto mientras se mira hacia el costado cuando un niño con discapacidad es humillado en el patio. El colegio no incluía; sino que toleraba nuestra presencia para lavar su conciencia, mientras permitía que nos destruyeran en la impunidad cotidiana. 

Todo eso ocurrió hace más de veinte años, cuando aún no se popularizaba la letra "e" ni los plurales alternativos, pero la dinámica del engaño era exactamente la misma. Dotar al lenguaje de un sentido político como acto de rebeldía es estéril si esa militancia no se encarna en transformaciones materiales y humanas. Nos han repetido el mantra de que el lenguaje crea realidad. Es verdad, pero a menudo solo crea una realidad onírica; un refugio ficticio que, al igual que la literatura, nos envuelve en un mundo ideal del cual tarde o temprano debemos despertar para chocar con el suelo de la cotidianidad. Quienes defienden la revolución de la palabra parecen atrapados en ese plano del subconsciente. 

Vivimos en la cultura del doble estándar, una sociedad experta en simular empatía. Es el espacio donde te palmean la espalda con un abrazo de madrastra, ese afecto falso y asfixiante, y te hablan con terminología inclusiva para demostrar superioridad moral; mientras, por la espalda o de frente, si te atreves a incomodar te recriminan, te infantilizan y te excluyen. 

El lenguaje inclusivo, utilizado de esta manera institucional y performativa, no es más que un espejismo. Una falsa verdad construida por quienes necesitan habitar una fantasía para mitigar el dolor del daño recibido, o por las propias instituciones para ocultar su negligencia. 

No culpo a las víctimas que adoptan ese relato como un mecanismo de supervivencia; entiendo perfectamente la necesidad de crear un refugio verbal para sentirse menos dañado en un mundo hostil. Pero aclaremos, la retórica no transforma la realidad objetiva de los cuerpos que seguimos sufriendo el desprecio. La verdadera inclusión no se escribe en los manuales de convivencia ni en las paredes de un colegio hipócrita, se mide en el cese del sufrimiento y en el respeto real a nuestra dignidad. 

Así es, la retórica debe traducirse en acciones: implementar protocolos vinculantes contra el acoso escolar, sancionar de oficio la omisión docente, adaptar la infraestructura física universal y garantizar cupos laborales y académicos reales. Menos consignas en las paredes y más políticas materiales que defiendan la dignidad de los cuerpos excluidos.

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

 

 

 



 

La institucionalización de la demagogia

 

La institucionalización de la demagogia 

El gobierno está siendo cuestionado directamente por el diseño y la ejecución de sus distintas políticas públicas. No se trata solo de una confusión comunicacional, sino de algo mucho más profundo, porque el Ejecutivo carece de una claridad meridiana sobre lo que espera realizar en los distintos aspectos que configuran la vida nacional. No existe un norte claro sobre cómo se deben desenvolver las instituciones, ni un relato articulado que busque representar con convicción lo que quiere expresar a través de sus decisiones. Si es que acaso quiere expresar algo. 

El tema radica en la carencia de un sello político identitario y transformador. Salvo por las urgencias inevitables de la seguridad ciudadana y un puñado de tópicos aislados que surgen al calor de la contingencia, no hay un proyecto país que unifique las fuerzas del oficialismo. Y quizás este ha sido el problema medular de las últimas administraciones en Chile, la falta de una identidad consistente. 

Para mayor problema, existen señales de que esta carencia seguirá siendo una piedra en el zapato durante los próximos años. Si no se produce un giro dramático, corremos el riesgo real de completar un ciclo de doce años atrapados exactamente en el mismo problema de parálisis y falta de dirección, lo que traerá una dificultad enorme para la gobernabilidad democrática y la estabilidad de nuestra república. 

José Antonio Kast prometió soluciones y, una parte de la ciudadanía pensaba que esta coalición iba a ser capaz de remendar las deficiencias heredadas y romper el círculo vicioso del inmovilismo. Sin embargo, el golpe de realidad ha sido severo y hasta el momento las promesas no se han traducido en hechos concretos. Como resultado, el Ejecutivo no goza de una aprobación mayoritaria ni ha logrado consolidar una cercanía genuina con la ciudadanía. Por lo tanto, la legitimidad de sus decisiones y reformas es cuestionada de manera constante en el debate público. 

A esta crisis de conducción se le suma la urgencia de reactivar la economía nacional, una meta ambiciosa que las autoridades actuales se auto impusieron durante la campaña electoral. En aquel entonces, la receta fácil fue depositar la culpa entera en el gobierno anterior, un recurso retórico común, pero de corto alcance. Hoy, al examinar la anhelada reactivación, vemos con preocupación que no se ha establecido de manera prudente, planificada o coherentemente orgánica. Lo que observamos son medidas dispersas, impulsos basados en el dinero y la fuerza del gasto, pero completamente desprovistos de ideas de refundación, modernización del Estado u otro tipo de reformas estructurales sostenibles en el tiempo. 

Acá la urgencia del oficialismo de dotar a la gestión de un sello político nítido y distinto al de sus antecesores. De fracasar en la tarea, se hará un mal crónico este escenario que lamentablemente predomina hasta el día de hoy. Además, la falta de identidad se transformará en un problema mayúsculo que la administración tendrá que enfrentar y responder ante la opinión pública cuando las expectativas generadas no se cumplan del todo. 

Es evidente que para muchos funcionarios instalados en el aparato estatal esto no parece ser un tema de preocupación inmediata; viven en la burbuja de la burocracia. No obstante, la historia reciente demuestra que con las expectativas de un pueblo no se juega de forma impune. El fracaso rotundo de los últimos gobiernos radica, precisamente, en haber jugado de forma irresponsable con las ilusiones de los chilenos, ofreciendo un catálogo de transformaciones que sabían que después no podrían realizar. Esto no es otra cosa que institucionalizar la demagogia y el populismo en la cultura política nacional. Desgraciadamente, esta conducta destructiva se ha transformado en el pan de cada día de nuestro sistema de partidos, y la administración actual no es la excepción a la regla. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político