La ilusión de gobernar
El gobierno de Gabriel Boric nos dejó una lección clara, para gobernar no bastan las ideas, se necesita también un equipo comprometido y con capacidad real de gestión. Así es como el expresidente inauguró un modelo que continúa José Antonio Kast, “gobierno con ideología arrendada”. En esta, los partidos sin cuadros suficientes ni masividad se ven obligados a arrendar poder a las coaliciones que supuestamente venían a reemplazar. Boric recurrió a la vieja Concertación; Kas, de Chile Vamos. Así, el partido del presidente se convierte en un actor secundario dentro de su propio gobierno, intentando crecer desde adentro, pero sin autonomía real. El Frente Amplio fracasó en ese intento y aún no sabemos si Republicanos logrará algo distinto.
Este modelo es peligroso porque transmite la idea de que gobernar solo requiere discursos y promesas, sin partidos sólidos, sin equipos de trabajo, sin ideologías claras ni estructuras organizadas. Se instala la moda de gobiernos que parecen exitosos por llegar al poder, aunque terminan vacíos de contenido y dependientes de mayorías frágiles. Los partidos políticos, en esencia, deberían ser organizaciones ideológicas con principios, militancia y capacidad de decisión autónoma. Sin eso, se transforman en experimentos dependientes de coaliciones, incapaces de sostener un proyecto propio.
El resultado es un gobierno que comparte poder, administración y que carecen de un proyecto político definido. Kast, por ejemplo, necesita a toda la derecha unida para mantener mayoría en el Congreso; si los aliados se quiebran, esa mayoría se diluye. Lo mismo ocurrió con Boric y sus pactos con la izquierda tradicional. En ambos casos, el presidente termina siendo rehén de acuerdos y chantajes políticos, incapaz de cumplir siquiera con lo mínimo de su programa.
Se instala así una lógica demagógica, se promete mucho, mientras por otro lado los ministros carecen de facultades y mayorías para ejecutar. El gobierno se reduce a aparentar que gobierna, cuando en la realidad no decide nada. El presidente finalmente no tiene poder total, en un sistema presidencialista que, paradójicamente, les otorga amplias facultades.
Sin reformas estructurales, los gobiernos seguirán siendo proyectos limitados, dependientes de mayorías relativas y expuestos a la inestabilidad. El problema se intensifica cuando a los ciudadanos ya no les importa quién gobierna ni cómo funciona la política, lo que erosiona aún más la legitimidad del sistema.
La salida no está en seguir creando partidos de fantasía ni en repetir pactos coyunturales. Se requiere enfrentar el problema estructural con seriedad, eso es, plantear reformas constitucionales e institucionales que devuelvan autonomía y coherencia a los partidos, y que permitan gobiernos con proyectos claros y capacidad real de decisión.
La primera oportunidad de un cambio constitucional se perdió con el proceso, no obstante, tarde o temprano llegará el desgaste definitivo de la Constitución de 1980 y será inevitable replantear el sistema. Si no se asume este desafío, heredaremos a las próximas generaciones una política marcada por el populismo, el vacío de liderazgo y la incapacidad de resolver crisis estructurales.
En definitiva, lo que está en juego no es solo la capacidad de un presidente o de un partido para administrar el Estado, sino la salud misma de nuestra democracia. Cuando los gobiernos se construyen sobre pactos frágiles y partidos sin arraigo, se debilita la confianza ciudadana y se erosiona la legitimidad institucional. La política deja de ser un espacio de conducción colectiva y se convierte en una administración de coyunturas. Si no se recupera la fortaleza de los partidos y la claridad de los proyectos ideológicos, el riesgo es que la ciudadanía termine viendo al Estado como un aparato vacío, incapaz de transformar la realidad. La verdadera tarea, entonces, es reconstruir un sistema político que vuelva a ser representativo, que devuelva sentido a la militancia y que permita que los gobiernos sean algo más que gestiones transitorias, eso es que sean proyectos de país con visión de futuro.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político