sábado, 14 de febrero de 2026

Del O’higginismo al Boriscismo: la persistencia del culto al líder

 Del O’higginismo al Boriscismo: la persistencia del culto al líder

En Chile, pareciera que la política siempre se inclina hacia el personalismo. Hoy se habla del Boriscismo, ayer del Piñerismo, antes del Freísmo o del Allendismo. La tendencia es clara: se personalizan las ideologías en figuras concretas, ya sea para exaltarlas o para denostarlas.

Es comprensible que los seres humanos busquen encarnar las ideas en personas, porque lo abstracto necesita representación. Sin embargo, en política este mecanismo resulta pernicioso. Las ideas deberían ser más importantes que quienes las representan, pero los partidos terminan convertidos en cultos a sus líderes o fundadores. Así ocurrió con Alessandri en la derecha, Allende en la izquierda, Frei en el centro, o Pedro Aguirre Cerda y González Videla en el radicalismo. Incluso se habló del Laguismo en el socialismo. Siempre la misma lógica: alimentar el ego de los líderes y reducir proyectos colectivos a nombres propios.

El resultado es que se privilegia la adhesión personal por sobre el apoyo a partidos e ideas. Desde los tiempos del O’higginismo o el Portalianismo, Chile ha reproducido esta dinámica: líderes autoritarios o democráticos convertidos en figuras casi mesiánicas, rodeadas de mitos y leyendas que distorsionan la acción política.

Para la ciencia política, este comportamiento es inaceptable. Es un error lógico y metodológico, pero la ciudadanía lo adopta o se le impone como herramienta de persuasión. La historia mundial ofrece ejemplos similares: Franco en España, Perón en Argentina y otros líderes que construyeron su poder sobre el culto personal.

¿Por qué es dañino este mecanismo? Porque desvirtúa las ideas y oculta el trabajo intelectual que las sustenta. Se termina apoyando carismas y personalidades en lugar de proyectos colectivos. Y el tema con el personalismo es que tiende a endiosar y blindar de crítica a estos dirigentes, con las amenazas que eso trae. Eso reduce la representación en algo injusto y primitivo, porque ningún líder está libre de defectos, los cuales pueden influir en la gestión y afectar al proyecto principal.

Es allí donde los ciudadanos deberían ser capaces de distinguir entre las ideas y las personas, evaluando si estas últimas actúan en coherencia con lo que dicen representar.

Ese es el riesgo del extremo personalismo, cuando el carisma se impone sobre las ideas se generan liderazgos sin contrapeso. De ahí nacen el autoritarismo y las dictaduras, que se sostienen en la figura de un líder y no en instituciones sólidas. Así se daña al Estado y finalmente a la ciudadanía.

Por eso, no debemos permitir que la arrogancia de los personalismos eclipse el objetivo central de la política: el bienestar general, expresado en ideas y proyectos colectivos. Los cultos personales pueden ser efectivos para movilizar emociones, pero son profundamente perjudiciales y, en última instancia, menos democráticos.

Estos hábitos no solo distorsionan la acción política, sino que debilitan las instituciones y erosionan la capacidad crítica de la ciudadanía. Cuando se endiosa a un dirigente, se pierde de vista que las ideologías son fruto de debates, reflexiones y esfuerzos colectivos, no de iluminaciones personales. El riesgo es claro: líderes sin contrapeso, tentaciones autoritarias y dictaduras sostenidas en el magnetismo de una figura.

Es por eso que la democracia exige electores capaces de distinguir entre ideas y personas, de evaluar la coherencia entre discurso y acción, y de rechazar la arrogancia de los personalismos. Solo así se evita que la política se convierta en un escenario de mitos y fábulas, y se recupera su verdadero sentido: la búsqueda del bienestar general a través de proyectos colectivos. Reafirmar esta convicción es indispensable para construir una democracia madura, donde las instituciones y las ideas prevalezcan sobre los egos y donde el poder no se concentre en individuos, sino en la ciudadanía organizada.

Nelson Leiva Lerzundi 

Cientista Político

viernes, 13 de febrero de 2026

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