sábado, 28 de marzo de 2026
La situación en Cuba. La ayuda sin democracia es complicidad
La situación en Cuba. La ayuda sin democracia es complicidad
Las condiciones que vive la población cubana en estos instantes deja en claro la profunda crisis interna, algo insostenible porque padecen por problemas de primera necesidad: alimento, todo tipo de energía, calefacción, salud y vivienda. En esta situación es indispensable una visión humanitaria, pero aquella no puede desligarse de un cambio político y democrático profundo.
Es aquí donde deben intervenir los organismos internacionales, tales como la OEA, ONU y diversas ONG, siempre dirigidas al pueblo cubano y no al gobierno ni a la dictadura castrista. De lo contrario, sólo se aliviará momentáneamente el hambre y la miseria sin atacar el problema de fondo. La verdadera solución pasa por exigir un proceso democrático y una apertura política real, porque sin cambios estructurales cualquier asistencia se convierte en un paliativo insuficiente.
Sin embargo, el panorama parece lejano. El régimen está dispuesto a recibir la ayuda, pero sin dejar de aplicar políticas represivas encarcelando opositores, incomunicando personas, sitiando organizaciones como la Unión Patriótica de Cuba y controlando arbitrariamente la distribución de alimentos.
El riesgo es que mientras no haya liberación de presos políticos, fin de la tortura y respeto a los derechos fundamentales, la ayuda humanitaria será una fuente de apoyo para perpetuar el régimen en lugar de aliviar la situación de los ciudadanos. Por eso es tan importante que toda asistencia externa debe estar condicionada a un cambio político real. La pregunta es si la isla está dispuesta a dar ese paso o si, por el contrario, busca perpetuar un sistema fracasado.
Ahí es cuando surgen quienes justifican lo injustificable. Cierto es que el modelo que han llevado por años, junto al embargo, han profundizado las carencias en necesidades básicas. No obstante, el golpe de gracia llega al perder a un socio político y económico que prácticamente mantenía al país. La intervención de Venezuela agrava todo, y da motivos para que los grupos ideologizados defiendan la postura cubana. Así países como Chile, China y otros han entregado ayuda, muchas veces impulsados por lobbies políticos, pero esa solidaridad puede transformarse en una justificación para que el régimen mantenga su control y saque provecho político.
Esto revela un preocupante relativismo moral, a sabiendas de la falla estructural de un modelo que no funciona. Mientras se condenan unas dictaduras, se silencian o justifican otras, pese a que todas cometen los mismos abusos. Es por eso que la dictadura cubana ha gozado durante demasiado tiempo del silencio cómplice.
Es hora de abandonar los lobbies y enfrentar la realidad: estamos ante un sistema en decadencia que ha llevado al colapso a un pueblo entero, ampliando la pobreza y la desigualdad en lugar de resolverlas. Lo humanitario y lo político no pueden separarse; la falta de autocrítica y el autoengaño sólo prolongan el sufrimiento.
Al final la ayuda humanitaria es necesaria, pero insuficiente si no se acompaña de un plan político estructurado que abra el camino hacia la democracia. Sin esa transformación, cualquier esfuerzo será incompleto y el mundo seguirá dando explicaciones por su pasividad.
Cuba necesita soluciones de fondo: un cambio político que genere un círculo virtuoso y le brinde una nueva oportunidad de futuro. Porque el pueblo necesita alimentos, salud y vivienda, pero también necesita libertad, pluralismo y democracia. No basta con paliar el hambre mientras se mantienen cárceles llenas de opositores y un aparato ideológico que antepone la propaganda a la dignidad humana.
La comunidad internacional debe dejar de ser cómplice con su silencio y exigir condiciones claras: liberación de presos políticos, apertura multipartidista y respeto a los derechos fundamentales. Solo así la ayuda será un puente hacia un futuro distinto y no una coartada para perpetuar la miseria. Cuba merece una oportunidad real de reconstruirse sobre bases democráticas y no sobre la resignación.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 27 de marzo de 2026
sábado, 21 de marzo de 2026
viernes, 20 de marzo de 2026
Cuando votar redefine las instituciones
Cuando votar redefine las instituciones
Las elecciones no son únicamente un conjunto de hechos aislados; son procesos que establecen funciones dentro del sistema político. En otras palabras, más que elegir a un gobierno en reemplazo de otro, lo que realmente se define son las funciones: la del gobierno que administra y ejerce el poder, y la de la oposición que fiscaliza y controla.
Por ello, cada elección implica más que un simple relevo: es un cambio de función, de visión estructural, que puede derivar en transformaciones radicales según quién resulte electo. Tenemos como ejemplo la llegada del Frente Amplio (FA), que siempre quiso imponer su visión de la administración. Ahora con Republicanos se espera también un giro drástico en la manera de ejercer el poder, acorde con los programas de campaña del presidente José Antonio Kast. No obstante, la verdadera medida del cambio depende de si la ciudadanía percibe que se cumplieron los objetivos planteados, o no.
En cambio, el estructuralismo sostiene que la historia política se explica por el modo en que las instituciones interactúan y cumplen sus roles. En este marco, los gobiernos se evalúan como buenos o malos según la eficacia de esas estructuras. El funcionalismo, por su parte, determina la calidad de la política en función del desempeño institucional: si las estructuras cumplen su labor, el gobierno puede considerarse eficiente; si fracasan, el resultado es un gobierno deficiente.
Estas visiones teóricas son impersonales, pero aportan una lectura ordenada de la historia y la política, basada en la institucionalidad y el uso del poder. Max Weber, por ejemplo, analizó los elementos que describen cómo se ejerce el poder, mientras que Joan de Empoli exploró la relación entre estructuras y grupos de poder. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos historiadores europeos adoptaron enfoques funcionalistas para rediseñar fronteras y sistemas políticos, conscientes de que los nacionalismos y fanatismos del siglo XX habían derivado en conflictos devastadores.
Es importante subrayar que el funcionalismo y el estructuralismo no son ideologías autoritarias. Son marcos teóricos necesarios y reflexivos, cuyo valor depende de cómo y para qué se utilicen. En la era mediática actual, estos paradigmas ofrecen herramientas para redefinir el Estado y la sociedad, complementando y corrigiendo las limitaciones de corrientes como el positivismo.
Su aporte puede iluminar necesidades políticas y sociales que aún no hemos reconocido, y brindar respuestas responsables a los desafíos contemporáneos. Nos recuerdan que la calidad de un gobierno no depende únicamente de sus discursos o promesas, sino de la eficacia con que las instituciones cumplen sus funciones y de la coherencia con que las estructuras sostienen la vida democrática.
Hoy, en un mundo atravesado por la inmediatez mediática y por crisis globales que ponen a prueba la legitimidad de los sistemas políticos, estos enfoques cobran
renovada vigencia. Nos invitan a mirar más allá de los liderazgos individuales y a evaluar la política en su dimensión estructural: cómo se ejerce el poder, cómo se distribuyen las funciones y cómo se articulan las instituciones para responder a las necesidades sociales.
Si las estructuras fallan, el gobierno será deficiente, sin importar quién lo encabece. Si funcionan, la política puede convertirse en una herramienta eficaz para transformar la realidad. Esa es la lección que nos dejan el funcionalismo y el estructuralismo: que la historia y la política no se explican sólo por los nombres propios, sino por las estructuras que sostienen o debilitan el ejercicio del poder.
En definitiva, cada proceso electoral reconfigura las instituciones, redistribuye las funciones y establece nuevas dinámicas entre gobierno y oposición. Esa es la verdadera trascendencia de votar: no se trata solo de quién ocupa el cargo, sino de cómo se reordena el tablero en el juego del poder.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 13 de marzo de 2026
jueves, 12 de marzo de 2026
Entre la crítica y la responsabilidad, el difícil arte de gobernar
Entre la crítica y la responsabilidad, el
difícil arte de gobernar
Gobernar es difícil. El primer paso, ganar las elecciones, es relativamente sencillo; criticar al oficialismo de turno también lo es. Ser oposición siempre ha sido cómodo, consiste en criticar, proponer y volver a criticar. Cuando la oposición es responsable, aporta ideas y alternativas, pero cuando es irresponsable se limita a descalificar y a hacer daño. Así ha ocurrido con las oposiciones a Piñera y ahora a Boric, que parecen olvidar que tarde o temprano también les toca gobernar. Y gobernar, a diferencia de hacer campaña, no es automático ni milagroso: nadie te enseña a hacerlo, igual que nadie te enseña a ser padre.
Para estar preparado, existen escuelas de gobierno, programas de ciencias políticas, cursos y academias internacionales. Todo ello aporta teorías y pautas, sin embargo, en la práctica son insuficientes si no se aplican con criterio. Al final, gobernar se aprende con sentido común, ensayo y error, enfrentando problemas reales que rara vez coinciden con las condiciones ideales que estudia la teoría política.
Por eso, gobernar es sumamente complejo. Prometer “lo haré mejor que usted”, como se lo dijo Boric a Piñera, o lanzar críticas desmedidas para ganar elecciones, como hizo Kast, puede ser eficaz en campaña, aunque la realidad del conseguir una vez con el cargo, es otra. Los gobiernos se topan con dificultades estructurales, dinámicas sociales diversas y la falta de mayorías parlamentarias. Descubren que no todo lo prometido es posible y que gobernar, como dice el dicho, “otra cosa es con guitarra”. Entonces, quienes antes criticaban con dureza terminan defendiendo lo que antes atacaban, porque comprenden que gobernar exige decisiones costosas y asumir responsabilidades que nadie quiere cargar.
La política no es blanco y negro. Ningún gobierno es infalible, eso significa que no siempre se cumple con todo lo que se promete, no obstante, tampoco por poco que hagan eso lo hace negativo. Los gobiernos se valoran históricamente por sus logros o por equivocarse menos, esa valoración siempre depende del prisma ideológico de quien juzga. En definitiva, gobernar es una tarea titánica, donde las soluciones fáciles suelen ser las más peligrosas, porque conducen al populismo o a estructuras rígidas que bloquean la acción.
Gobernar no se hace con discursos, sino con decisiones concretas, prioridades claras y políticas públicas efectivas. Las intenciones sin ejecución son solo retóricas, se requiere de decisiones concretas, asumir costos y enfrentar ciertas contradicciones inevitables. En cuanto a la oposición, suele olvidar que criticar es cómodo y, en cuanto caen al gobierno, cargan con la responsabilidad de lo posible y lo imposible
Muchos gobiernos caen en ese error: mucho ruido y pocas nueces. Y como nadie enseña realmente a gobernar, algunos aprenden con ensayo y error, mientras otros ni siquiera logran aprender. Esa es la raíz de muchos de nuestros problemas políticos.
Lo esencial es tener la claridad que la política es un entramado complejo de intereses, estructuras y limitaciones que obliga a negociar, a ceder y a aprender del error. Por eso, los gobiernos que trascienden no son los que prometen más, sino los que logran transformar esas promesas en políticas públicas efectivas.
La retórica sin acción es humo, y el populismo disfrazado de soluciones fáciles es veneno para la democracia. Gobernar es, en definitiva, un acto de realismo y de coraje: realismo para reconocer que no todo se puede, y coraje para asumir las decisiones que nadie quiere tomar. Quien olvida esta verdad está condenado a repetir el ciclo de la crítica irresponsable y la decepción en el poder. Porque gobernar, al final del día, es enfrentar la complejidad con responsabilidad, y esa es la diferencia entre quienes hacen historia y quienes solo hacen ruido.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
Del desconcierto a la fragmentación: la encrucijada institucional
Del desconcierto a la fragmentación: la
encrucijada institucional
A esta altura del año, tenemos a un gobierno que no sabe cómo terminar y otro que no tiene claro cómo empezar, esa parece ser la dinámica que marca la política chilena. El primero, atrapado por su inexperiencia, no logró cumplir sus metas ni proyectar un horizonte político claro. El segundo, enredado desde el inicio, exhibe más anécdotas que convicciones y se presenta como un gobierno de derecha sin una visión ideológica definida, sostenido en el caudillismo, el personalismo, la tecnocracia y la falta de orientación política. Basta observar la conformación de su gabinete: un ministro por partido, sin cohesión ni rumbo, características que no garantizan estabilidad ni capacidad para enfrentar los desafíos propuestos.
Por otro lado, la decisión de conformar un gobierno con predominio de rostros independientes, relegando a los partidos a una representación mínima, revela un vacío de poder que descansa casi exclusivamente en la figura presidencial. Sin embargo, gobernar no es solo responsabilidad individual: requiere también de responsabilidad institucional y política de los partidos y coaliciones que deciden acompañar al presidente. Cuando estos son marginados de las decisiones de peso, se debilita la capacidad de acción y se limita la diversidad de perspectivas necesarias para enfrentar las dificultades del país.
No nos engañemos, la excesiva presencia de tecnócratas e independientes es una debilidad, aunque tampoco se trata de caer en la tiranía de los partidos ni en su sobre representación, por el contrario, se trata de alcanzar un equilibrio justo que de peso y dirección. Al final del día, quien gobierna es un presidente con una coalición, y no puede darse el lujo de ministros independientes que actúen por cuenta propia, guiados por egos o ambiciones personales. El riesgo es claro: un gabinete fragmentado puede derivar en conflictos internos y en una institucionalidad debilitada.
La decisión tomada por José Antonio Kast con este gabinete abre la posibilidad de que el país se encamine hacia esa peligrosa dirección. Si no se corrigen a tiempo las falencias de representación y cohesión política, las consecuencias para la institucionalidad podrían ser nefastas.
La política chilena, en este contexto, parece atrapada en el círculo vicioso de gobiernos que llegan con promesas de renovación, pero que terminan repitiendo los mismos errores de sus antecesores. La falta de claridad ideológica, la ausencia de un proyecto de país y la improvisación en la conformación de equipos de gobierno son síntomas de una crisis más profunda: la incapacidad de construir consensos duraderos y de proyectar una visión estratégica que trascienda los ciclos electorales. Un país no puede sostenerse únicamente en la figura de un líder, por más carismático o influyente que este sea; requiere instituciones sólidas, partidos responsables y una ciudadanía que confíe en que las decisiones tomadas responden a un horizonte común.
Desde este punto, aumenta el riesgo de avanzar hacia un presidencialismo exacerbado, donde el mandatario concentra poder sin contrapesos efectivos, erosionando la democracia misma. La política se convierte en un espectáculo de voluntades individuales, en un juego de egos, más que en un ejercicio colectivo de construcción nacional.
Se requiere superar esa lógica, a la vez que se debe recuperar el sentido de gobierno, una actividad que es, ante todo, un acto de responsabilidad compartida. De lo contrario, seguiremos atrapados en gobiernos que no saben cómo terminar y en otros que no tienen claro cómo empezar, condenando al país a una inestabilidad permanente.
La política chilena enfrenta una encrucijada marcada por la falta de cohesión y claridad ideológica. La excesiva dependencia en independientes y tecnócratas debilita la institucionalidad y fragmenta el gabinete, generando riesgos de inestabilidad. Sin partidos fuertes ni consensos duraderos, el presidencialismo se exacerba y erosiona la democracia. Chile necesita equilibrio, visión estratégica y responsabilidad compartida para superar este círculo vicioso.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político