viernes, 16 de octubre de 2026
La recurrente tentación expansionista en el Estrecho de Magallanes
La recurrente
tentación expansionista en el Estrecho de Magallanes
El rechazo transversal del Estado chileno ante las declaraciones del jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea de Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, no responde a un mero arrebato de chovinismo; es un acto de legítima defensa geopolítica. Al afirmar con ligereza que el Estrecho de Magallanes forma parte de la soberanía trasandina como "llave bioceánica", el uniformado tropezó con una sólida e inapelable arquitectura legal. La enérgica nota de protesta emitida por la Cancillería chilena y el despliegue inmediato de ejercicios disuasivos de la Armada en la zona austral envían una señal categórica: Chile no tolerará ambigüedades sobre su territorio ni bajará la guardia ante provocaciones desestabilizadoras.
A nivel diplomático, Buenos Aires suele ensayar una doble narrativa. Por un lado, su Cancillería se ve obligada a ratificar por escrito el cumplimiento de los acuerdos vigentes tras verse acorralada por la firmeza chilena. Por el otro, altas autoridades militares reactivan cíclicamente discursos revisionistas. Esta conducta sistemática demuestra que no estamos frente a un hecho aislado de un oficial que "se arrancó con los tarros". Estas declaraciones reflejan el pensamiento subyacente y la doctrina geopolítica de su Estado Mayor, evidenciando una ambición expansionista latente que se activa de manera deliberada cuando la política interna del país vecino requiere desviar la atención pública.
El núcleo del problema radica en el sistemático desprecio hacia el principio fundamental del derecho internacional, “Pacta sunt servanda”, la premisa de que los pactos deben cumplirse de buena fe y que lo acordado obliga estrictamente a las partes. Un acuerdo fronterizo es inalterable de forma unilateral. El estatuto jurídico y territorial del Estrecho de Magallanes quedó sellado de manera perpetua en el Tratado de Límites de 1881. Su Artículo 2° fijó con absoluta claridad que la frontera corre desde Punta Dungenes por tierra hasta Monte Dinero, garantizando que el paso bioceánico completo quedara bajo la soberanía chilena. Asimismo, el Artículo 5° decretó su neutralización perpetua y libre navegación para todas las banderas, prohibiendo explícitamente la construcción de fortificaciones militares que amenacen dicho tránsito.
Esta soberanía absoluta de Chile fue ratificada y blindada en el Tratado de Paz y Amistad de 1984, el cual puso fin a la agónica crisis del Canal Beagle que casi desata una guerra fratricida en 1978. En dicho pacto, con la mediación papal, se consolidó la delimitación marítima austral y el principio bioceánico. Sin embargo, la historia demuestra que la diplomacia Argentina suele ser ladina y poco confiable, lo que obliga al Estado de Chile a mantener siempre un ojo abierto. Aunque compartimos una historia de emancipación conjunta, la confianza mutua no puede cimentarse sobre la ingenuidad frente a un vecino propenso a desconocer lo firmado.
Esta constante fricción por la boca oriental del estrecho adquiere un tinte aún más preocupante cuando levantamos la mirada hacia el futuro. La aparente resolución de las controversias pendientes es solo la superficie de una disputa subterránea de mayor envergadura: la yuxtaposición de las plataformas continentales y la proyección hacia el continente blanco. Lo que hoy presenciamos en Magallanes son los litigios internacionales del mañana por el control de la Antártica, un territorio de incalculable valor en riquezas naturales y fuentes de energía.
No obstante, cuando el Tratado Antártico deba renegociarse, la antigüedad de las reclamaciones de los países pioneros, como Chile y Argentina, se verá amenazada por el voraz interés de superpotencias como Estados Unidos y China, que difícilmente respetarán los derechos históricos de las naciones del Cono Sur.
Frente a este escenario de incertidumbre global y provocaciones vecinales, la lección para Chile es clara. La diplomacia es estéril si no está respaldada por una disuasión creíble. El resguardo de nuestros intereses exige una modernización urgente del Estado, el robustecimiento de nuestras políticas de defensa y el fortalecimiento del poder militar. La soberanía no se defiende con discursos tibios ni concesiones ideológicas; se defiende con firmeza, presencia física en el territorio y la convicción de que lo pactado obliga. El mapa de Chile ya fue trazado con tinta indeleble en 1881 y 1984; es nuestro deber histórico impedir que pretendan borrarlo con la mano.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
jueves, 15 de octubre de 2026
El Retorno de los Excluidos y la Miopía del Sistema
El Retorno de los Excluidos y la Miopía del
Sistema
La aparición de actores sociales y políticos que operan al margen de la institucionalidad ya no puede considerarse como un fenómeno marginal, por el contrario, es el síntoma definitivo de una crisis de representación estructural. Desde hace años, amplios sectores de la población habitan en una profunda orfandad política, despojados de altavoces en la opinión pública y de canales reales de participación. Este “bloque de los excluidos” ha desbordado los márgenes de la izquierda tradicional e incluso de la llamada nueva izquierda. Simplemente, no se sienten interpretados por la liturgia del poder actual.
Esta falta de representación, manifestado en descontento social, se bifurca hoy en los extremos del espectro. Por un lado, se expresa en facciones anarquistas y expresiones de izquierda alternativa, de la línea de Artes, que tanto en Santiago como en regiones canalizan su malestar a través de la consigna revolucionaria. Al otro extremo, se manifiesta en facciones de ultraderecha que operan incluso más allá del movimiento libertario. El denominador común de ambos polos es evidente: al verse marginados de las mesas de diseño del poder, ejercen una presión asimétrica sobre el tablero institucional. Su objetivo inicial es visibilizar su malestar; el secundario, gatillar una desestabilización que fuerce su propia legitimación.
Ante esta realidad, la pregunta ineludible es si la élite política ha dimensionado el peso real de esta fragmentación o si sigue atrapada en la miopía. Históricamente, la respuesta del 'establishment' ha sido la condescendencia, considerándolos anomalías minoritarias que siempre han existido. Sin embargo, ese diagnóstico es obsoleto. Hoy, no actúan en secretismo como el pasado; ahora controlan plataformas digitales independientes, canales en YouTube de alto alcance, portavoces articulados y han demostrado capacidad para levantar candidaturas presidenciales competitivas.
Esta mutación ha permitido que la ultraizquierda y la ultraderecha colonicen el centro institucional. Su llegada al Congreso, sea a través de las bancadas de Republicanos y libertarios, o desde las facciones situadas a la izquierda del Frente Amplio, demuestra que la periferia política ha entrado al palacio. Lejos de moderarse, estos discursos replican los mismos paradigmas históricos basados en la polarización y la siembra del resentimiento. Instalan ideas que a menudo resultan idílicas o impracticables, pero que capturan eficazmente el sentido común de una ciudadanía frustrada, representando el mismo peligro de desarticulación democrática que en épocas pretéritas.
¿Por qué, entonces, la institucionalidad se niega a tomar en serio este desafío? La respuesta convencional suele coquetear con la censura, pero la vía de la exclusión es un error ciego. Restringir a estos grupos por secretaría no sólo es éticamente cuestionable en una democracia, sino políticamente inconducente: la clandestinidad y la victimización solo engordan su mística, multiplicando su influencia en las sombras.
El sistema político urge, en cambio, de un antídoto inteligente y responsable. Este antídoto no consiste en el ninguneo retórico, sino en una estrategia de absorción y disputa democrática que ataque las causas profundas del malestar. Primero, requiere una reforma de los mecanismos de participación local que descentralice el poder real y devuelva la toma de decisiones a las regiones, rompiendo el monopolio de las cúpulas partidarias tradicionales. Segundo, exige que los partidos políticos tradicionales asuman una estricta coherencia ética, erradicando la corrupción que alimenta el discurso antisistema. Por último, demanda disputar el debate público sin complejos: la moderación democrática debe dejar de ser sinónimo de tecnocracia gris y transformarse en un proyecto convocante, capaz de ofrecer soluciones concretas en seguridad, economía y dignidad social.
La condescendencia actual de las élites es el camino más rápido hacia el colapso de nuestra convivencia. Mientras el sistema siga abordando estos extremos con el mismo libreto del siglo pasado, continuará pavimentando la ruta de su propia demolición. Tomarse en serio a los excluidos no es validar sus dogmas, sino reconocer que su existencia es el reflejo directo de las promesas incumplidas de nuestra democracia.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 9 de octubre de 2026
sábado, 3 de octubre de 2026
viernes, 2 de octubre de 2026
El arte de la charlatanería, una radiografía de la mala política
El arte de la charlatanería, una radiografía de la mala política
La mala política es una expresión de la demagogia, un vicio estructural donde la palabra se vacía por completo de su contenido para convertirse en un fin en sí misma. Esta degradación pública, se compone por promesas incumplidas, discursos falsos, soluciones fáciles y una eterna irresponsabilidad que transforma al representante, el político, en un embaucador constante, profesional y contumaz.
En eso se ha transformado la actividad pública en nuestros días, una burda competencia por capturar cargos públicos a través del engaño. El libreto es tan conocido como dañino. Consiste en prometer una y otra vez lo mismo para ganarse tramposamente la confianza de los ciudadanos, de la gente común y de las instituciones, mediante la lisonja y el populismo desatado.
No importa la militancia tradicional ni la vereda ideológica, se puede pertenecer o no a un partido político establecido, porque la charlatanería no tiene color. Su único objetivo real es endulzar el oído de las personas con cantos de sirena, diciéndole a cada grupo exactamente lo que quiere escuchar, asintiendo a todo de forma irreflexiva y sin un ápice de viabilidad real, estructura o compromiso verdadero.
La historia reciente de Chile abunda en ejemplos de esta política instrumental y vacía. Ayer fue la demagogia de Francisco Javier Errázuriz, un fenómeno efímero que duró un tiempo determinado, sustentado en un partido de corte puramente personalista. Hoy, ese mismo germen se replica con fuerza en partidos regionalistas y en verdaderas "pymes políticas" creadas para el beneficio de unos pocos. Lo vemos claramente en el despliegue de figuras como Franco Parisi, Johannes Kaiser o Carlos Bianchi; pero también se observa en estructuras que nacieron prometiendo un cambio, como el Partido Republicano o el propio Frente Amplio.
Tras sus aparentes diferencias ideológicas, todos estos sectores comparten un método común, el simplismo discursivo. Ofrecen recetas mágicas e inmediatas a problemas profundamente complejos, carecen de un proyecto de país serio y priorizan la espectacularidad del micrófono por sobre la coherencia necesaria para gobernar.
Estas pymes políticas operan como verdaderas franquicias del engaño masivo. Su negocio es el descontento popular. No les interesa resolver las urgencias de salud, educación o seguridad; les interesa mantener el conflicto vivo para seguir figurando en las encuestas y asegurar sus cuotas de poder. Se alimentan de la rabia legítima de la gente, pero en lugar de canalizarla hacia soluciones estructurales, la transforman en un espectáculo mediático desechable que solo beneficia a sus propios dirigentes.
Esta conducta oportunista genera un drama profundo que carcome el tejido social desde la raíz. La proliferación de estas franquicias electorales solo busca normalizar el engaño, instalando en la mente colectiva la peligrosa idea de que la manipulación y la mentira son las únicas vías irreversibles para ejercer el poder en Chile. Nos quieren hacer aceptar que el cinismo es una regla del juego inevitable y que debemos resignarnos a convivir con ella.
No obstante, nuestro país acumula un historial largo y doloroso de reclamos, denuncias, indignación y movilizaciones ciudadanas contra los abusos de la demagogia. Es una verdad sumamente incómoda que nos negamos a procesar. Esta mala política se mantiene porque, por acción o por omisión, es financiada, aceptada, culturizada y validada por nosotros mismos en el día a día.
Al carecer de una autocrítica severa como ciudadanos y no enfrentar el problema, terminamos siendo cómplices del estancamiento de nuestra propia democracia. Aceptamos el discurso fácil en la televisión, validamos la pelea pequeña en redes sociales y luego nos sorprendemos de la ineficacia de las leyes. La única manera de enfrentar y destruir esta estructura es reconociendo su presencia en todas sus formas y visiones. Debemos despojar al charlatán de su disfraz renovador, entender sus trampas y negarnos taxativamente a otorgarle nuestra validación. La dignidad del país exige con urgencia que la política recupere el sentido, la ética y la verdad.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista político
El Capitalismo del Bienestar Frente a la Era Digital
El
Capitalismo del Bienestar Frente a la Era Digital
Se han
detenido a pensar sobre ¿qué maniobras ejecutan los directores de empresas para
volverlas rentables? Más allá de la optimización financiera y la eficiencia
interna, el verdadero rol estratégico de la alta dirección impacta de forma
directa en la estabilidad de una nación.
En
culturas como la alemana y la japonesa, se entiende desde hace décadas que el
éxito empresarial no se limita a la acumulación ciega de ganancias o a la
explotación utilitaria de las ventajas del mercado. En estas sociedades, la
empresa es concebida como una institución social fundamental, diseñada para
estructurar un modelo económico y humano con un propósito superior.
El modelo
alemán, a través de la economía social de mercado y el principio de
codeterminación (Mitbestimmung), integra a los trabajadores directamente
en las decisiones de los consejos de administración. No se ve al empleado como
un costo, sino como un socio estratégico. Por su parte, el modelo corporativo
japonés se fundamenta en el bienestar a largo plazo, la estabilidad del empleo
y una profunda corresponsabilidad mutua entre la empresa y la comunidad. Ambas
culturas demuestran que el capitalismo, pese a su naturaleza de búsqueda de
máximo beneficio y no de un igualitarismo absoluto, sí posee el poder de
generar bienestar general y elevar de forma sostenible la calidad de vida de
todos los ciudadanos cuando actúa con deber ético y responsabilidad. Cuando el
sector privado opera bajo estas convicciones, el retorno de inversión se
traduce en el pilar más sólido para la tranquilidad social, el fortalecimiento
democrático y la convivencia armónica, una verdadera quimera utópica que ni el
comunismo, ni el socialismo, ni ningún otro sistema colectivista han logrado
jamás.
El gran
obstáculo contemporáneo es que, con demasiada frecuencia, la dirigencia actual
carece de esa visión de Estado, perpetuando el antiquísimo paradigma de la
lucha de clases. Se insiste de forma irresponsable en crear un choque de
intereses artificial, un antagonismo forzado entre empleadores y trabajadores,
cuando la realidad postindustrial demuestra que el capital y el trabajo están
hoy más interconectados que nunca.
Y el
problema de hoy es la transformación drástica de los empleos y las nuevas
dinámicas de inversión las cuales están afectando a ambos mundos por igual. Si
el trabajador sufre obsolescencia, la empresa pierde su fuerza motriz, porque ambos navegan el mismo barco. Sin embargo, el
discurso arcaico de la confrontación se niega a morir.
En estos
tiempos de postmodernidad donde la revolución digital y la irrupción de la
inteligencia artificial nos obligan a una reflexión mucho más profunda y
urgente, la supervivencia de nuestros sistemas políticos, culturales y sociales
depende directamente de cómo enfoquemos el futuro laboral ante la
automatización. Lamentablemente, esta sinergia clave está siendo malentendida y
politizada. De no corregir el rumbo mediante una deliberación civilizada y con
visión de futuro, nos enfrentamos a un peligroso atraso intelectual, político y
social que terminará quebrando los pactos sociales elementales y perjudicando a
naciones enteras.
Tras la
caída de la Cortina de Hierro y el fin de la Guerra Fría, las estructuras
geopolíticas cambiaron de raíz, decretando el fracaso de los dogmas
totalitarios. Pese a ello, persisten sectores que desde su cómodo vitral
ideológico, insisten en relatar la realidad con anteojeras del pasado. Esta
postura obsoleta no hace más que poner en jaque a las instituciones, bloqueando
la transición hacia un nuevo pacto social. Es imperativo desmantelar los
prejuicios ideológicos y enfrentar con altura de miras la nueva fuerza laboral,
la automatización y las nuevas concepciones de empresa. La supervivencia
colectiva exige abandonar la trinchera y asumir que el capital debe ser
socialmente responsable, y el trabajo tecnológicamente adaptable. Si no
activamos hoy la voluntad política y empresarial para fusionar rentabilidad con
bienestar humano, el progreso tecnológico no será sinónimo de evolución, sino
el detonante de una fractura social irreversible.
Nelson
Leiva Lerzundi
Cientista
Político