sábado, 18 de abril de 2026
viernes, 17 de abril de 2026
jueves, 16 de abril de 2026
Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución
Israel, Irán y el Medio Oriente, un problema sin solución
El conflicto en Medio Oriente, con Israel e Irán en el centro y Estados Unidos como actor permanente, parece no tener salida. Se trata de una mezcla explosiva de nacionalismo, fanatismo religioso y teocracias que gobiernan sin separación entre Estado y religión, dificultades a las que se suman la diversidad cultural que fuerza el conflicto mutuo, y un odio histórico hacia Occidente propiciado por Estados Unidos, autoproclamado “sheriff del mundo” y sus aliados.
En cuanto a Irán, su historia es paradigmática: el intento de modernización bajo el Sha fue rechazado por las autoridades religiosas, y en 1978 los ayatolás, liderados por Ruhollah Jomeini, instauraron una dictadura teocrática que persiste hasta hoy. Cada apertura hacia la modernidad ha sido sofocada, manteniendo al país en tensión permanente y convirtiéndolo en un polo de inestabilidad entre chiitas y sunitas, entre musulmanes más occidentalizados y otros profundamente conservadores. A esto se suma el conflicto antiisraelí, con atentados, represalias y una dinámica de violencia interminable.
Acá queda en evidencia que las teocracias presentan una dificultad estructural: en ellas, Dios es política. No existe separación entre gobierno y religión, y el fanatismo se convierte en herramienta de poder, chantaje y control cultural. En este contexto, pensar en soluciones objetivas es casi imposible. Incluso si Estados Unidos y otras potencias se retiraran, el problema interno de Irán, su fanatismo, la represión de su población y el abuso sistemático de las mujeres, seguiría sin resolverse. La región permanece atrapada en una lógica medieval que impide el avance hacia libertades básicas.
El dilema no es simplemente “buenos contra malos”. Es un choque cultural, político y religioso que no se resuelve con armas ni amenazas. La política internacional ha perdido la capacidad de diálogo, reemplazada por la lógica del “cowboy”: primero se dispara, después se pregunta. Lamentablemente esta dinámica ya no es exclusiva de Estados Unidos ni de Occidente; es parte de un sistema internacional donde los líderes buscan hegemonía, imponiendo proyectos globales sin empatía ni disposición a compartir el mundo.
Internacionalmente, la multipolaridad actual con China, Rusia, Europa, Japón y otros actores, obliga a repensar el equilibrio de poder. La Guerra Fría enseñó que la paz se mantenía mostrando los dientes, pero evitando el choque directo. Hoy, sin mecanismos de diálogo entre potencias, el riesgo es que las diferencias escalen hacia conflictos de gran magnitud. La única salida posible es recuperar la moderación y el diálogo, aunque la política contemporánea parece haber olvidado esa lección.
Así el problema de Medio Oriente no tiene solución simple porque no se trata solo de geopolítica, sino de culturas, religiones y odios históricos. Mientras el fanatismo siga siendo la base de la política y el diálogo esté ausente, la región permanecerá atrapada en un ciclo de violencia. La verdadera salida exige recuperar la capacidad de conversar, de construir puentes más allá de las diferencias, y de entender que imponer hegemonías solo conduce a la destrucción.
La salida del laberinto de Medio Oriente no puede basarse únicamente en la fuerza militar ni en sanciones económicas. Requiere un esfuerzo sostenido de diplomacia multilateral, donde actores regionales y globales se comprometan a abrir espacios de negociación que incluya a las sociedades civiles, no solo a los gobiernos. La presión internacional debe orientarse hacia el respeto de los derechos humanos, especialmente de las mujeres y minorías, y a la creación de mecanismos que reduzcan la influencia del fanatismo religioso en la política. Iniciativas como foros regionales de diálogo, acuerdos de cooperación económica y programas de intercambio cultural pueden sembrar confianza y disminuir la percepción de amenaza constante.
Aunque el camino es largo y lleno de obstáculos, la única alternativa
viable es construir puentes que permitan transformar la lógica de confrontación
en una lógica de coexistencia. Sin esa apuesta por la moderación y el
entendimiento, el ciclo de violencia seguirá repitiéndose indefinidamente.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 10 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La política y la esperanza: entre la promesa y el poder
La política y la esperanza: entre la promesa y el poder
La gran reflexión que todo ciudadano debe hacerse, es sobre cuál es la misión de la política, si esta representa la búsqueda de esperanza o si, en realidad, se reduce a la administración del poder. Sin embargo, hay quienes gobiernan únicamente para conservar poder y estos, no tienen por qué pensar en el bien común, ni en la esperanza de la ciudadanía: el poder es su fin en sí mismo.
Pese a esto, es mejor asumir que la mayoría de los partidos y líderes políticos llegan al poder con la intención de transformar la realidad, de impulsar cambios estructurales, y en ese proceso inevitablemente generan expectativas y esperanza, aunque muchas veces sin reconocerlo o incluso de manera dolosa.
De ahí surge una cuestión legítima: ¿se llega al poder para gobernar o para ofrecer esperanza? Los manuales de ciencia política no logran dar cuenta de esta dimensión subjetiva. Algunos sostienen que movimientos como el Frente Amplio y otros líderes alcanzan el gobierno porque ofrecen un sueño, un proyecto, una visión compartida que moviliza mayorías. Pero la Realpolitik nos recuerda que la política es, ante todo, ejercicio de poder. Y en ese ejercicio, la esperanza sólo tiene sentido si se traduce en resultados plausibles, sostenidos por un sistema que funcione y que garantice derechos. El problema es que ese sistema rara vez ofrece garantías universales: es desigual, irracional y profundamente asimétrico.
En este contexto, las campañas electorales se convierten en un terreno fértil para la demagogia. Se ofrecen proyectos y candidaturas que, más allá de su contenido, transmiten esperanza. Pero gobernar no es lo mismo que prometer. Gobernar implica voluntad política, capacidad de acuerdo, virtudes institucionales y eficacia en la gestión. La esperanza, el slogan y las promesas suelen desvanecerse frente a la realidad, y ahí se explica por qué las “lunas de miel” de los gobiernos duran cada vez menos. Las falsas expectativas terminan transformándose en una demagogia permanente que, al no concretarse, deja al discurso político vacío y desconectado de la realidad.
La política, entonces, revela su complejidad: más que promesas o hipótesis, lo que importa son los resultados y cómo estos se materializan en hechos concretos que beneficien a la ciudadanía. La esperanza cumple un rol inicial, útil para ganar votos, pero no puede ser el eje de la administración del poder. Cuando los gobiernos siguen jugando con expectativas imposibles, caen en una demagogia innecesaria que tarde o temprano deben pagar caro, explicando por qué no lograron lo que nunca estuvieron en condiciones de cumplir. La verdad se oculta para sostener la ilusión, pero esa ilusión tarde o temprano, se derrumba.
Desde ese punto, la política contemporánea sufre un gran dilema que no
puede seguir ocultándose, ¿realmente es un instrumento para transformar la
realidad o un mecanismo para sostener ficciones que movilizan voluntades?
Porque la esperanza, cuando se convierte en mercancía electoral, pierde su
carácter emancipador y se degrada en simple recurso retórico.
El verdadero desafío consiste en reconocer que el poder no se legitima por la promesa, sino por la capacidad de materializar cambios tangibles que reduzcan desigualdades y fortalezcan la vida democrática. Mientras los gobiernos insistan en administrar ilusiones en lugar de resultados, la distancia entre ciudadanía y política seguirá ampliándose, erosionando la confianza y debilitando las instituciones.
En conclusión, la política no puede seguir siendo un teatro de expectativas incumplidas: debe recuperar su sentido como práctica de responsabilidad, donde la palabra vincula con la acción y la acción con la justicia. Solo así la esperanza dejará de ser un espejismo electoral y se convertirá en horizonte real de transformación, capaz de sostener proyectos colectivos que trasciendan la lógica del poder por el poder y devuelvan a la ciudadanía la convicción de que gobernar significa servir, no engañar.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 3 de abril de 2026
sábado, 28 de marzo de 2026
La situación en Cuba. La ayuda sin democracia es complicidad
La situación en Cuba. La ayuda sin democracia es complicidad
Las condiciones que vive la población cubana en estos instantes deja en claro la profunda crisis interna, algo insostenible porque padecen por problemas de primera necesidad: alimento, todo tipo de energía, calefacción, salud y vivienda. En esta situación es indispensable una visión humanitaria, pero aquella no puede desligarse de un cambio político y democrático profundo.
Es aquí donde deben intervenir los organismos internacionales, tales como la OEA, ONU y diversas ONG, siempre dirigidas al pueblo cubano y no al gobierno ni a la dictadura castrista. De lo contrario, sólo se aliviará momentáneamente el hambre y la miseria sin atacar el problema de fondo. La verdadera solución pasa por exigir un proceso democrático y una apertura política real, porque sin cambios estructurales cualquier asistencia se convierte en un paliativo insuficiente.
Sin embargo, el panorama parece lejano. El régimen está dispuesto a recibir la ayuda, pero sin dejar de aplicar políticas represivas encarcelando opositores, incomunicando personas, sitiando organizaciones como la Unión Patriótica de Cuba y controlando arbitrariamente la distribución de alimentos.
El riesgo es que mientras no haya liberación de presos políticos, fin de la tortura y respeto a los derechos fundamentales, la ayuda humanitaria será una fuente de apoyo para perpetuar el régimen en lugar de aliviar la situación de los ciudadanos. Por eso es tan importante que toda asistencia externa debe estar condicionada a un cambio político real. La pregunta es si la isla está dispuesta a dar ese paso o si, por el contrario, busca perpetuar un sistema fracasado.
Ahí es cuando surgen quienes justifican lo injustificable. Cierto es que el modelo que han llevado por años, junto al embargo, han profundizado las carencias en necesidades básicas. No obstante, el golpe de gracia llega al perder a un socio político y económico que prácticamente mantenía al país. La intervención de Venezuela agrava todo, y da motivos para que los grupos ideologizados defiendan la postura cubana. Así países como Chile, China y otros han entregado ayuda, muchas veces impulsados por lobbies políticos, pero esa solidaridad puede transformarse en una justificación para que el régimen mantenga su control y saque provecho político.
Esto revela un preocupante relativismo moral, a sabiendas de la falla estructural de un modelo que no funciona. Mientras se condenan unas dictaduras, se silencian o justifican otras, pese a que todas cometen los mismos abusos. Es por eso que la dictadura cubana ha gozado durante demasiado tiempo del silencio cómplice.
Es hora de abandonar los lobbies y enfrentar la realidad: estamos ante un sistema en decadencia que ha llevado al colapso a un pueblo entero, ampliando la pobreza y la desigualdad en lugar de resolverlas. Lo humanitario y lo político no pueden separarse; la falta de autocrítica y el autoengaño sólo prolongan el sufrimiento.
Al final la ayuda humanitaria es necesaria, pero insuficiente si no se acompaña de un plan político estructurado que abra el camino hacia la democracia. Sin esa transformación, cualquier esfuerzo será incompleto y el mundo seguirá dando explicaciones por su pasividad.
Cuba necesita soluciones de fondo: un cambio político que genere un círculo virtuoso y le brinde una nueva oportunidad de futuro. Porque el pueblo necesita alimentos, salud y vivienda, pero también necesita libertad, pluralismo y democracia. No basta con paliar el hambre mientras se mantienen cárceles llenas de opositores y un aparato ideológico que antepone la propaganda a la dignidad humana.
La comunidad internacional debe dejar de ser cómplice con su silencio y exigir condiciones claras: liberación de presos políticos, apertura multipartidista y respeto a los derechos fundamentales. Solo así la ayuda será un puente hacia un futuro distinto y no una coartada para perpetuar la miseria. Cuba merece una oportunidad real de reconstruirse sobre bases democráticas y no sobre la resignación.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 27 de marzo de 2026
sábado, 21 de marzo de 2026
viernes, 20 de marzo de 2026
Cuando votar redefine las instituciones
Cuando votar redefine las instituciones
Las elecciones no son únicamente un conjunto de hechos aislados; son procesos que establecen funciones dentro del sistema político. En otras palabras, más que elegir a un gobierno en reemplazo de otro, lo que realmente se define son las funciones: la del gobierno que administra y ejerce el poder, y la de la oposición que fiscaliza y controla.
Por ello, cada elección implica más que un simple relevo: es un cambio de función, de visión estructural, que puede derivar en transformaciones radicales según quién resulte electo. Tenemos como ejemplo la llegada del Frente Amplio (FA), que siempre quiso imponer su visión de la administración. Ahora con Republicanos se espera también un giro drástico en la manera de ejercer el poder, acorde con los programas de campaña del presidente José Antonio Kast. No obstante, la verdadera medida del cambio depende de si la ciudadanía percibe que se cumplieron los objetivos planteados, o no.
En cambio, el estructuralismo sostiene que la historia política se explica por el modo en que las instituciones interactúan y cumplen sus roles. En este marco, los gobiernos se evalúan como buenos o malos según la eficacia de esas estructuras. El funcionalismo, por su parte, determina la calidad de la política en función del desempeño institucional: si las estructuras cumplen su labor, el gobierno puede considerarse eficiente; si fracasan, el resultado es un gobierno deficiente.
Estas visiones teóricas son impersonales, pero aportan una lectura ordenada de la historia y la política, basada en la institucionalidad y el uso del poder. Max Weber, por ejemplo, analizó los elementos que describen cómo se ejerce el poder, mientras que Joan de Empoli exploró la relación entre estructuras y grupos de poder. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchos historiadores europeos adoptaron enfoques funcionalistas para rediseñar fronteras y sistemas políticos, conscientes de que los nacionalismos y fanatismos del siglo XX habían derivado en conflictos devastadores.
Es importante subrayar que el funcionalismo y el estructuralismo no son ideologías autoritarias. Son marcos teóricos necesarios y reflexivos, cuyo valor depende de cómo y para qué se utilicen. En la era mediática actual, estos paradigmas ofrecen herramientas para redefinir el Estado y la sociedad, complementando y corrigiendo las limitaciones de corrientes como el positivismo.
Su aporte puede iluminar necesidades políticas y sociales que aún no hemos reconocido, y brindar respuestas responsables a los desafíos contemporáneos. Nos recuerdan que la calidad de un gobierno no depende únicamente de sus discursos o promesas, sino de la eficacia con que las instituciones cumplen sus funciones y de la coherencia con que las estructuras sostienen la vida democrática.
Hoy, en un mundo atravesado por la inmediatez mediática y por crisis globales que ponen a prueba la legitimidad de los sistemas políticos, estos enfoques cobran
renovada vigencia. Nos invitan a mirar más allá de los liderazgos individuales y a evaluar la política en su dimensión estructural: cómo se ejerce el poder, cómo se distribuyen las funciones y cómo se articulan las instituciones para responder a las necesidades sociales.
Si las estructuras fallan, el gobierno será deficiente, sin importar quién lo encabece. Si funcionan, la política puede convertirse en una herramienta eficaz para transformar la realidad. Esa es la lección que nos dejan el funcionalismo y el estructuralismo: que la historia y la política no se explican sólo por los nombres propios, sino por las estructuras que sostienen o debilitan el ejercicio del poder.
En definitiva, cada proceso electoral reconfigura las instituciones, redistribuye las funciones y establece nuevas dinámicas entre gobierno y oposición. Esa es la verdadera trascendencia de votar: no se trata solo de quién ocupa el cargo, sino de cómo se reordena el tablero en el juego del poder.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político