Democracia en crisis: populismo, autoritarismo y política líquida
La acción política debería ser guiada por la filosofía y el sentido común hacia lo natural y razonable, sin embargo, tanto la ultraderecha como el comunismo han mostrado históricamente una visión poco favorable a este objetivo. Por eso resulta llamativo que se produzcan segundas vueltas electorales entre estas dos corrientes, una anomalía que advierte que los sistemas políticos deberían ser revisados. En parte, las causas surgen porque las nuevas generaciones desconocen su pasado, desencantados del manejo actual y sin temor a las consecuencias de estas ideologías, por el contrario, comienzan a valorar los discursos revolucionarios, neocomunistas, el fascismo y las ideas autoritarias.
En otras palabras, el auge del autoritarismo y el populismo en diversas encuestas reflejan que estas ideas han crecido en Latinoamérica y en el mundo. Líderes como José Antonio Kast se suman a la corriente de figuras de ultraderecha como Jair Bolsonaro y otros que han ganado terreno en las encuestas. Paralelamente, como señala la politóloga guatemalteca Gloria Álvarez, vivimos una “primavera” de la nueva izquierda: populista, neocomunista o filo comunista. Ejemplos de ello son Podemos en España, el Frente Amplio en Chile, la “Cuarta Transformación” en México, el Movimiento 5 Estrellas en Italia y otros grupos que muestran un rostro populista dentro del nuevo escenario político global.
Este panorama se combina con el peso de los personalismos: Putin, Trump y el caso particular de China, un sistema tanto comunista como capitalista, que constituye una rareza y un “monstruo con pies de barro” destinado a derrumbarse por su falta de democracia.
En cuanto a la democracia, ha entrado en crisis junto con sus sistemas políticos. Muchos jóvenes valoran el autoritarismo y los populismos de izquierda y derecha, más que por convicción ideológica, sino como una “degustación política”: prueban distintas opciones como si fueran platos de un menú, y si les gustan, las consumen. Este fenómeno atenta contra la seguridad jurídica del Estado, la institucionalidad y la estabilidad democrática.
Dicho de otra manera, el peligro de esta “degustación” es que la matriz del sistema político se debilita. Analistas hablan de una “política líquida”: sin sentido, sin coherencia estable y con graves riesgos para la estabilidad democrática. Politólogos italianos como Giuliano da Empoli y Giovanni Sartori han estudiado estas dificultades de los sistemas modernos, determinando que las ideologías se copian y aplican sin comprender su esencia ni su lógica, lo que genera resultados distorsionados.
De igual modo, debemos reconocer que la democracia, tal como la hemos conocido en las últimas décadas, atraviesa una etapa de cuestionamiento estructural. La llamada “política líquida”, caracterizada por la falta de coherencia, la volatilidad de las lealtades y la superficialidad de los compromisos ideológicos,
refleja un cambio cultural profundo. Los ciudadanos ya no se identifican con partidos tradicionales ni con ideologías sólidas; más bien, consumen discursos y liderazgos como si fueran opciones transitorias. Esta “degustación política” es peligrosa porque erosiona la noción de compromiso cívico y convierte la política en un espectáculo efímero, donde lo importante no es la construcción de proyectos colectivos, sino la satisfacción inmediata de emociones y expectativas.
Finalmente, debemos reconocer que la democracia está en peligro, pero no está condenada. La historia muestra que los sistemas políticos pueden adaptarse y evolucionar. La clave está en reconocer los riesgos, enfrentar los desafíos y construir alternativas que fortalezcan la institucionalidad. La democracia no puede ser vista como un lujo, sino como una necesidad para garantizar la libertad, la justicia y la estabilidad. Si los ciudadanos, los líderes y las instituciones trabajan juntos, es posible superar la crisis y construir un futuro más democrático y participativo.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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