La fragilidad de gobernar sin respaldo
Gobernar sin mayorías se ha convertido en un clásico de los últimos gobiernos. Es, en esencia, gobernar sin presencia real, sin capacidad de articular una política coherente. La falta de respaldo obliga a buscar apoyos externos y a dialogar, lo que en teoría fortalece la democracia, pero en la práctica debilita la acción gubernamental: sin votos suficientes en el Parlamento, ni siquiera las leyes más básicas logran avanzar.
Se suma la incapacidad de las coaliciones oficialistas para ordenar a sus miembros, generando un escenario de permanente tensión, polémica y roces internos. Esto es, una oposición interna independiente de la confrontación natural con la oposición.
Como resultado es una política ineficaz, desgastante, marcada por ministros arrogantes y gobiernos que, indistintamente de su color político, se parecen demasiado en las formas de enfrentar la minoría parlamentaria, a través de acuerdos forzados, negociaciones a regañadientes y una relación cada vez más áspera.
La gran pregunta es, cómo puede avanzar un país en estas condiciones si el oficialismo y la oposición son incapaces de enseñar la madurez necesaria. Allí recae la necesidad de obtener mayorías estables en el congreso; así como también, la coherencia al elegir a quienes gobiernan. Sin estas mayorías, el Estado queda condenado a la inseguridad política, a gobiernos que no pueden ejecutar sus programas, que carecen de consistencia y que inevitablemente terminan incumpliendo sus promesas por falta de respaldo.
Aceptamos entonces la arrogancia, la mentira y la falta de sentido común como parte del paisaje político. No obstante, esas actitudes al final no dan soluciones, por el contrario, sólo agravan los problemas y aumentan la complejidad de gobernar. El problema es que estas dinámicas se han repetido en los últimos años y, mientras se mantengan, el país corre el riesgo de caer en una espiral de disputas políticas y electorales, sin liderazgo ni convicción, atrapado en la dicotomía de la falta de acuerdos y el roce permanente.
Lo que Chile necesita es que las autoridades y los sectores políticos piensen en el bien común, en un proyecto país que trascienda intereses mezquinos y cálculos electorales. La historia ha demostrado que cuando se privilegia el sentido común y la cooperación, el país avanza hacia el crecimiento, el desarrollo y la estabilidad. En cambio, cuando se opta por los extremos y la arrogancia política, solo se cosecha crisis e irresponsabilidad.
Por lo tanto, el desafío es claro, la tarea es construir una interpretación común del país, fortalecer las instituciones, fomentar una ciudadanía informada, participativa y garantizar la estabilidad política. No podemos seguir atrapados en caprichos electorales ni proyectos individualistas.
Chile debe proyectarse hacia el futuro, no tan sólo a una década por lo pronto, sino a muchas más, con una visión compartida, más allá de partidos e ideologías. Sin ese horizonte, la política seguirá reducida a la mezquindad de fastidiar al gobierno de turno y de paso a la ciudadanía, dejando de lado el interés general.
Fracasar en esa tarea es seguir forzando la relación de la política partidista con la ciudadanía, seguir alimentando el enojo social que se acumula gobierno tras gobierno, un malestar que interpela a todos, pero que rara vez encuentra respuestas. Si no se rompe esta dinámica, seguiremos atrapados en un círculo vicioso de frustración ciudadana y parálisis política.
En conclusión, la política chilena no puede seguir atrapada en gobiernos sin mayorías, incapaces de ejecutar sus programas y condenados a la inercia. La falta de acuerdos, la arrogancia y el cálculo mezquino han debilitado la democracia y erosionado la confianza ciudadana. Si no se asume de una vez la responsabilidad de construir consensos reales y un proyecto común de país, seguiremos el círculo vicioso de crisis, frustración y enojo social. Chile necesita liderazgo con sentido común, instituciones sólidas y una visión compartida de futuro que supere los caprichos ideológicos y las disputas estériles. Solo así podremos recuperar estabilidad, credibilidad y desarrollo.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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