“El relato y la responsabilidad de gobernar”
Si algo hemos aprendido de los gobiernos que nos han dirigido hasta la fecha, es que debe existir una consistencia mínima en el relato. Lo que se dice debe ser equivalente a lo que se hace. Eso asegura que no existan dispensas, contradicciones, errores, ni excusas que erosionen la confianza ciudadana. Tampoco pedimos santos, pero sí exigimos una coherencia política básica en ellos: si se promete A, que se cumpla A; y si se debe hacer B, que se explique con claridad por qué se cambia la decisión.
Eso es lo que la ciudadanía espera y demanda de los sectores políticos. El problema es que ni el Frente Amplio, ni la derecha tradicional, ni la Concertación lo hicieron. Ahora es el turno de José Antonio Kast y se espera que aunque haya decisiones que no gusten a la comunidad, al menos exista esa mínima coherencia reflejada en el gobierno. Lo contrario sería repetir lo que hemos visto en los últimos años: administraciones que giran sobre sí mismas como la sátira del “trompito González” del humorista Juan Verdaguer, dándose vueltas de carnero según las conveniencias del momento. Se han usado ideas, ideologías y principios como meros discursos para buscar el voto fácil, olvidando las tareas esenciales de cualquier gobernante: garantizar educación, salud, vivienda, salarios dignos, una administración pública decente, atender los problemas urgentes y planificar el futuro del país. Eso es lo que se pide y se exige.
Será que los actuales actores políticos serán capaces de cumplir estos pasos simples, o veremos nuevamente el eterno espectáculo de la demagogia inconsistente, sin respuestas, llena de verborrea y palabrería vacía. Una política que deja huérfanos de sentido ideológico a los ciudadanos, que ya no creen en soluciones mágicas ni en la política como tal.
La elección de José Antonio Kast como nuevo presidente es también un síntoma: quedan pocas ideologías por probar. Libertarios, demócratas, amarillos y algunos movimientos nuevos intentan abrirse paso, pero los partidos tradicionales ya gobernaron con aciertos y errores, y todos han recurrido a la demagogia sin resolver necesidades ni los anhelos de la gente. El descontento persiste, y el relato político se mantiene como un recurso para seducir, más que como un compromiso real.
Lo que se exige a quienes gobiernan y a quienes gobernarán es simple: que digan y hagan lo que prometen, que mantengan la coherencia sin excusas ni argumentos para justificar incumplimientos. Los ciudadanos están cansados. Por eso, los extremos ideológicos aparecen como supuestas soluciones. Lo vimos de inicio con el Frente Amplio; ahora es el turno de los Republicanos.
El tema es que los ciudadanos no olvidan que eso es precisamente lo que no quieren. Y pese a ello, los votos siguen llevando al poder proyectos que terminan repitiendo la misma historia: caminos sin respuestas tangibles, promesas incumplidas y una ciudadanía que vuelve a quedar en espera, porque siempre cree… y siempre se decepciona.
La ciudadanía exige un mínimo de coherencia: que las palabras se traduzcan en hechos y que las promesas no se diluyan en excusas. Los gobiernos pasados han fallado en esa tarea y el resultado es un profundo desgaste de la confianza pública.
Hoy, con Kast pronto a asumir el poder, esperamos por la ruptura del ciclo de la demagogia. La gente no busca milagros ni ideologías eternas, sino respuestas concretas a problemas urgentes y visión para el futuro. La falta de consistencia ha empujado a los extremos, pero estos también repiten la misma lógica de prometer sin cumplir. El desafío es claro: gobernar con responsabilidad, sostener la palabra dada y demostrar que la política puede recuperar sentido. De lo contrario, la desafección seguirá creciendo y el relato quedará reducido a un eco sin credibilidad.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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