Lo que se nos
viene al país
El próximo 11 de marzo presenciaremos un cambio drástico de política, pasaremos de un gobierno de izquierda que como objetivo buscaba integrar a todos los ciudadanos como iguales dentro de la sociedad, a otro de ultraderecha que se proyecta con sello mucho más autoritario y segregador.
Cómo es que llegamos a este tránsito tan abrupto, de un extremo ideológico al otro en apenas cuatro años. Cómo es que pasamos a respaldar un proyecto político inclusivo a optar por uno que promete principalmente orden y disciplina. En teoría, hablamos de una “degustación política”, pero en la práctica vemos las consecuencias de la primera elección.
Aquí vemos el juicio de la mayoría de la población. Gabriel Boric sale electo con más del 55% de votos que dieron los ciudadanos para apoyar el proyecto de su coalición: inclusión e igualdad, una nueva política, resolución de problemas sociales. Ya al final de su mandato, se evalúa si cumplió con las expectativas generadas de gobierno y el resultado resalta a la vista.
Hoy en día, esa misma cifra de respaldo se repite con José Antonio Kast, con sus matizados 55%. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que la aprobación inicial es frágil: en menos de un año el apoyo a Boric se redujo a su mínima expresión. El electo presidente puede llegar a vivir la misma desaprobación en corto tiempo, especialmente si como se supone, adopta una lógica represora y más autoritaria, marcándolo por ser su sello distintivo.
Ante este pronóstico, es el mismo Kast quien ha dicho que “se van a sorprender”. Tal vez intente establecer un modo distinto de hacer política, con mayor gobernabilidad y pragmatismo para resolver problemas, evitando el fanatismo ideológico que debilitó al gobierno anterior. No obstante, si su gestión se define por la represión, el desenlace podría ser similar: un rápido desgaste de su apoyo ciudadano.
En ese caso, podríamos ver a Kast gobernar sin el ribete autoritario que marcó su campaña. Si así fuera, podría satisfacer a su electorado más duro y, al mismo tiempo, mantener o incluso ampliar su base de apoyo. Pero también existe el riesgo de que volvamos a un escenario dominado por coyunturas y discursos ideológicos, donde las promesas de campaña se diluyen frente a las complejidades reales de gobernar un país.
La cuestión de fondo es si el Partido Republicano será capaz de cumplir sus promesas o si el realismo político terminará imponiéndose, revelando que gobernar exige más que consignas. Porque al final, un discurso puede transformarse en cualquier otra cosa cuando se enfrenta a la práctica del poder.
La transición política que enfrenta Chile revela más que un simple cambio de gobierno: expone la fragilidad de las convicciones colectivas y la volatilidad de un electorado que oscila entre proyectos opuestos en plazos muy breves. Estos cambios reflejan tanto el desencanto con las promesas incumplidas como la búsqueda de respuestas inmediatas a problemas persistentes. Sin embargo, y es importante aclararlo, gobernar no es un ejercicio de consignas, sino de capacidad para articular soluciones concretas que resistan el desgaste del tiempo y las tensiones sociales.
La experiencia demuestra que el respaldo inicial puede evaporarse rápidamente cuando las expectativas chocan con la realidad, y esa lección será decisiva para el nuevo gobierno. Si Kast logra transformar su narrativa autoritaria en una gestión pragmática, podría consolidar apoyo más allá de su base ideológica; si se aferra al dogma, corre el riesgo de repetir el ciclo de erosión que debilitó a su antecesor.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la aprobación presidencial, sino la credibilidad de la política como herramienta de cambio. Chile se enfrenta a la disyuntiva de confirmar que las alternancias extremas son parte de su identidad democrática o de construir un camino más estable que supere la lógica pendular. El desenlace dependerá de la capacidad de quienes gobiernan para comprender que la ciudadanía exige resultados tangibles y que la legitimidad no se sostiene en discursos, sino en hechos verificables.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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