viernes, 1 de mayo de 2026

El populismo como amenaza transversal

 

El populismo como amenaza transversal 

El cambio de gobierno en Chile parece traer consigo, una vez más, el juego del populismo. No importa si proviene de la izquierda o de la derecha: las dos caras de la moneda muestran el mismo patrón. No es exclusivo del Frente Amplio y sus gobiernos improvisados; también lo vemos en la derecha con la irrupción de los republicanos y el liderazgo de José Antonio Kast. Así, pasamos de cuatro años de populismo de izquierda a cuatro años de populismo de derecha. En ambos casos, se privilegia la solución fácil, rápida y efectista, apoyada en los medios de comunicación, el marketing y la imagen. Partidos nuevos, de uno y otro sector, buscan llegar directamente a la ciudadanía mediante fórmulas simplistas que, aunque seductoras, terminan siendo profundamente dañinas. 

El verdadero problema es que las consecuencias de este fenómeno no se verán de inmediato, sino a mediano y largo plazo. Persistirá el descontento ciudadano y la insatisfacción de necesidades básicas, mientras tanto nuestra democracia se verá sofocada por líderes mal preparados, que recurren a estrategias efectistas y superficiales. Incluso prácticas prohibidas, como los regalos o sorteos en campañas, que han sido utilizadas para manipular el voto. Todo esto es una expresión clara del populismo. 

Hoy, el populismo ya no se disfraza, avanza sin pudor. La ideología queda relegada; no importa si es izquierda, derecha, capitalismo o anticapitalismo. Lo que importa es quién logra más votos con el mensaje más certero y la promesa más irresponsable. Se instala así un estilo político arrogante y demagógico, que promete lo imposible y engaña a la ciudadanía con soluciones mágicas para problemas complejos. 

Estamos malacostumbrando a la población, institucionalizando la irresponsabilidad y justificando que cualquier cosa se puede hacer para alcanzar el poder. La política se reduce a clientelismo y promesas vacías, sin regulación real de los conflictos ni de soluciones sostenibles. Se gobierna con “aspirinas” y “paracetamol” eternos, mientras el ciudadano vive chantajeado, política y emocionalmente, esperando milagros que nunca llegan. Esto erosiona la confianza en el sistema y en la política misma. 

La consecuencia es grave: partidos tradicionales deforman sus plataformas ideológicas para sobrevivir al populismo interno, generando alianzas por conveniencia y perdiendo credibilidad. Muchos han desaparecido, están en crisis o apenas sobreviven, porque han cedido ante la lógica populista y el camaleonismo electoral. La política responsable, aquella que regula conflictos y busca soluciones de fondo, se ve cada vez más lejana. 

Por eso, es urgente reflexionar y ser implacables en la exigencia de comportamientos éticos. Debemos impedir que las conductas populistas se institucionalicen como norma política. El populismo no es solo un estilo; es una amenaza que degrada la democracia, manipula sentimientos y perpetúa la irresponsabilidad. Si no lo enfrentamos con firmeza, lo que nos espera es una crisis política terminal y una ciudadanía cada vez más desencantada y vulnerable. 

El populismo, disfrazado de soluciones rápidas y discursos efectistas, ha contaminado transversalmente la política chilena. No distingue ideologías: izquierda, derecha y centro han cedido a la tentación de prometer lo imposible, debilitando la confianza ciudadana y erosionando la esencia de la democracia. Lo grave es que esta práctica no solo manipula emociones, sino que institucionaliza la irresponsabilidad y convierte la política en clientelismo vacío. La consecuencia es una crisis de credibilidad que amenaza con volverse terminal. Ante ello, la única salida es exigir ética, responsabilidad y proyectos de largo plazo, porque normalizar el populismo equivale a aceptar que la política deje de ser un espacio de regulación de conflictos y se transforme en un espectáculo de promesas incumplidas. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

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