sábado, 28 de febrero de 2026
viernes, 27 de febrero de 2026
viernes, 20 de febrero de 2026
sábado, 14 de febrero de 2026
Del O’higginismo al Boriscismo: la persistencia del culto al líder
Del O’higginismo al Boriscismo: la persistencia del culto al líder
En Chile, pareciera que la política siempre se inclina hacia el personalismo. Hoy se habla del Boriscismo, ayer del Piñerismo, antes del Freísmo o del Allendismo. La tendencia es clara: se personalizan las ideologías en figuras concretas, ya sea para exaltarlas o para denostarlas.
Es comprensible que los seres humanos busquen encarnar las ideas en personas, porque lo abstracto necesita representación. Sin embargo, en política este mecanismo resulta pernicioso. Las ideas deberían ser más importantes que quienes las representan, pero los partidos terminan convertidos en cultos a sus líderes o fundadores. Así ocurrió con Alessandri en la derecha, Allende en la izquierda, Frei en el centro, o Pedro Aguirre Cerda y González Videla en el radicalismo. Incluso se habló del Laguismo en el socialismo. Siempre la misma lógica: alimentar el ego de los líderes y reducir proyectos colectivos a nombres propios.
El resultado es que se privilegia la adhesión personal por sobre el apoyo a partidos e ideas. Desde los tiempos del O’higginismo o el Portalianismo, Chile ha reproducido esta dinámica: líderes autoritarios o democráticos convertidos en figuras casi mesiánicas, rodeadas de mitos y leyendas que distorsionan la acción política.
Para la ciencia política, este comportamiento es inaceptable. Es un error lógico y metodológico, pero la ciudadanía lo adopta o se le impone como herramienta de persuasión. La historia mundial ofrece ejemplos similares: Franco en España, Perón en Argentina y otros líderes que construyeron su poder sobre el culto personal.
¿Por qué es dañino este mecanismo? Porque desvirtúa las ideas y oculta el trabajo intelectual que las sustenta. Se termina apoyando carismas y personalidades en lugar de proyectos colectivos. Y el tema con el personalismo es que tiende a endiosar y blindar de crítica a estos dirigentes, con las amenazas que eso trae. Eso reduce la representación en algo injusto y primitivo, porque ningún líder está libre de defectos, los cuales pueden influir en la gestión y afectar al proyecto principal.
Es allí donde los ciudadanos deberían ser capaces de distinguir entre las ideas y las personas, evaluando si estas últimas actúan en coherencia con lo que dicen representar.
Ese es el riesgo del extremo personalismo, cuando el carisma se impone sobre las ideas se generan liderazgos sin contrapeso. De ahí nacen el autoritarismo y las dictaduras, que se sostienen en la figura de un líder y no en instituciones sólidas. Así se daña al Estado y finalmente a la ciudadanía.
Por eso, no debemos permitir que la arrogancia de los personalismos eclipse el objetivo central de la política: el bienestar general, expresado en ideas y proyectos colectivos. Los cultos personales pueden ser efectivos para movilizar emociones, pero son profundamente perjudiciales y, en última instancia, menos democráticos.
Estos hábitos no solo distorsionan la acción política, sino que debilitan las instituciones y erosionan la capacidad crítica de la ciudadanía. Cuando se endiosa a un dirigente, se pierde de vista que las ideologías son fruto de debates, reflexiones y esfuerzos colectivos, no de iluminaciones personales. El riesgo es claro: líderes sin contrapeso, tentaciones autoritarias y dictaduras sostenidas en el magnetismo de una figura.
Es por eso que la democracia exige electores capaces de distinguir entre ideas y personas, de evaluar la coherencia entre discurso y acción, y de rechazar la arrogancia de los personalismos. Solo así se evita que la política se convierta en un escenario de mitos y fábulas, y se recupera su verdadero sentido: la búsqueda del bienestar general a través de proyectos colectivos. Reafirmar esta convicción es indispensable para construir una democracia madura, donde las instituciones y las ideas prevalezcan sobre los egos y donde el poder no se concentre en individuos, sino en la ciudadanía organizada.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
viernes, 13 de febrero de 2026
viernes, 30 de enero de 2026
“El relato y la responsabilidad de gobernar”
“El relato y la responsabilidad de gobernar”
Si algo hemos aprendido de los gobiernos que nos han dirigido hasta la fecha, es que debe existir una consistencia mínima en el relato. Lo que se dice debe ser equivalente a lo que se hace. Eso asegura que no existan dispensas, contradicciones, errores, ni excusas que erosionen la confianza ciudadana. Tampoco pedimos santos, pero sí exigimos una coherencia política básica en ellos: si se promete A, que se cumpla A; y si se debe hacer B, que se explique con claridad por qué se cambia la decisión.
Eso es lo que la ciudadanía espera y demanda de los sectores políticos. El problema es que ni el Frente Amplio, ni la derecha tradicional, ni la Concertación lo hicieron. Ahora es el turno de José Antonio Kast y se espera que aunque haya decisiones que no gusten a la comunidad, al menos exista esa mínima coherencia reflejada en el gobierno. Lo contrario sería repetir lo que hemos visto en los últimos años: administraciones que giran sobre sí mismas como la sátira del “trompito González” del humorista Juan Verdaguer, dándose vueltas de carnero según las conveniencias del momento. Se han usado ideas, ideologías y principios como meros discursos para buscar el voto fácil, olvidando las tareas esenciales de cualquier gobernante: garantizar educación, salud, vivienda, salarios dignos, una administración pública decente, atender los problemas urgentes y planificar el futuro del país. Eso es lo que se pide y se exige.
Será que los actuales actores políticos serán capaces de cumplir estos pasos simples, o veremos nuevamente el eterno espectáculo de la demagogia inconsistente, sin respuestas, llena de verborrea y palabrería vacía. Una política que deja huérfanos de sentido ideológico a los ciudadanos, que ya no creen en soluciones mágicas ni en la política como tal.
La elección de José Antonio Kast como nuevo presidente es también un síntoma: quedan pocas ideologías por probar. Libertarios, demócratas, amarillos y algunos movimientos nuevos intentan abrirse paso, pero los partidos tradicionales ya gobernaron con aciertos y errores, y todos han recurrido a la demagogia sin resolver necesidades ni los anhelos de la gente. El descontento persiste, y el relato político se mantiene como un recurso para seducir, más que como un compromiso real.
Lo que se exige a quienes gobiernan y a quienes gobernarán es simple: que digan y hagan lo que prometen, que mantengan la coherencia sin excusas ni argumentos para justificar incumplimientos. Los ciudadanos están cansados. Por eso, los extremos ideológicos aparecen como supuestas soluciones. Lo vimos de inicio con el Frente Amplio; ahora es el turno de los Republicanos.
El tema es que los ciudadanos no olvidan que eso es precisamente lo que no quieren. Y pese a ello, los votos siguen llevando al poder proyectos que terminan repitiendo la misma historia: caminos sin respuestas tangibles, promesas incumplidas y una ciudadanía que vuelve a quedar en espera, porque siempre cree… y siempre se decepciona.
La ciudadanía exige un mínimo de coherencia: que las palabras se traduzcan en hechos y que las promesas no se diluyan en excusas. Los gobiernos pasados han fallado en esa tarea y el resultado es un profundo desgaste de la confianza pública.
Hoy, con Kast pronto a asumir el poder, esperamos por la ruptura del ciclo de la demagogia. La gente no busca milagros ni ideologías eternas, sino respuestas concretas a problemas urgentes y visión para el futuro. La falta de consistencia ha empujado a los extremos, pero estos también repiten la misma lógica de prometer sin cumplir. El desafío es claro: gobernar con responsabilidad, sostener la palabra dada y demostrar que la política puede recuperar sentido. De lo contrario, la desafección seguirá creciendo y el relato quedará reducido a un eco sin credibilidad.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
Lo que se nos viene al país
Lo que se nos
viene al país
El próximo 11 de marzo presenciaremos un cambio drástico de política, pasaremos de un gobierno de izquierda que como objetivo buscaba integrar a todos los ciudadanos como iguales dentro de la sociedad, a otro de ultraderecha que se proyecta con sello mucho más autoritario y segregador.
Cómo es que llegamos a este tránsito tan abrupto, de un extremo ideológico al otro en apenas cuatro años. Cómo es que pasamos a respaldar un proyecto político inclusivo a optar por uno que promete principalmente orden y disciplina. En teoría, hablamos de una “degustación política”, pero en la práctica vemos las consecuencias de la primera elección.
Aquí vemos el juicio de la mayoría de la población. Gabriel Boric sale electo con más del 55% de votos que dieron los ciudadanos para apoyar el proyecto de su coalición: inclusión e igualdad, una nueva política, resolución de problemas sociales. Ya al final de su mandato, se evalúa si cumplió con las expectativas generadas de gobierno y el resultado resalta a la vista.
Hoy en día, esa misma cifra de respaldo se repite con José Antonio Kast, con sus matizados 55%. Sin embargo, la experiencia nos recuerda que la aprobación inicial es frágil: en menos de un año el apoyo a Boric se redujo a su mínima expresión. El electo presidente puede llegar a vivir la misma desaprobación en corto tiempo, especialmente si como se supone, adopta una lógica represora y más autoritaria, marcándolo por ser su sello distintivo.
Ante este pronóstico, es el mismo Kast quien ha dicho que “se van a sorprender”. Tal vez intente establecer un modo distinto de hacer política, con mayor gobernabilidad y pragmatismo para resolver problemas, evitando el fanatismo ideológico que debilitó al gobierno anterior. No obstante, si su gestión se define por la represión, el desenlace podría ser similar: un rápido desgaste de su apoyo ciudadano.
En ese caso, podríamos ver a Kast gobernar sin el ribete autoritario que marcó su campaña. Si así fuera, podría satisfacer a su electorado más duro y, al mismo tiempo, mantener o incluso ampliar su base de apoyo. Pero también existe el riesgo de que volvamos a un escenario dominado por coyunturas y discursos ideológicos, donde las promesas de campaña se diluyen frente a las complejidades reales de gobernar un país.
La cuestión de fondo es si el Partido Republicano será capaz de cumplir sus promesas o si el realismo político terminará imponiéndose, revelando que gobernar exige más que consignas. Porque al final, un discurso puede transformarse en cualquier otra cosa cuando se enfrenta a la práctica del poder.
La transición política que enfrenta Chile revela más que un simple cambio de gobierno: expone la fragilidad de las convicciones colectivas y la volatilidad de un electorado que oscila entre proyectos opuestos en plazos muy breves. Estos cambios reflejan tanto el desencanto con las promesas incumplidas como la búsqueda de respuestas inmediatas a problemas persistentes. Sin embargo, y es importante aclararlo, gobernar no es un ejercicio de consignas, sino de capacidad para articular soluciones concretas que resistan el desgaste del tiempo y las tensiones sociales.
La experiencia demuestra que el respaldo inicial puede evaporarse rápidamente cuando las expectativas chocan con la realidad, y esa lección será decisiva para el nuevo gobierno. Si Kast logra transformar su narrativa autoritaria en una gestión pragmática, podría consolidar apoyo más allá de su base ideológica; si se aferra al dogma, corre el riesgo de repetir el ciclo de erosión que debilitó a su antecesor.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la aprobación presidencial, sino la credibilidad de la política como herramienta de cambio. Chile se enfrenta a la disyuntiva de confirmar que las alternancias extremas son parte de su identidad democrática o de construir un camino más estable que supere la lógica pendular. El desenlace dependerá de la capacidad de quienes gobiernan para comprender que la ciudadanía exige resultados tangibles y que la legitimidad no se sostiene en discursos, sino en hechos verificables.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
sábado, 24 de enero de 2026
viernes, 23 de enero de 2026
sábado, 17 de enero de 2026
viernes, 16 de enero de 2026
sábado, 10 de enero de 2026
viernes, 9 de enero de 2026
Gobernar para la mayoría: conciencia frente a la anarquía ideológica
Gobernar para la mayoría: conciencia frente a la anarquía ideológica
Los gobiernos deberían actuar con conciencia y no por mera improvisación. No están para experimentar ni especular: deben tomar decisiones inteligentes y responsables, evitando bochornos, errores y suspicacias. Sin embargo, pocas veces se entiende que gobernar en conciencia significa reflexionar que se gobierna para la mayoría, y no solo para quienes se representan.
Hoy esa conciencia se ve debilitada por el idealismo desmedido, fanatismos y el “cualquierismo”, las verdaderas plagas que han marcado los siglos XX y lo que lleva del XXI. Los excesos conducen a una falta de lucidez y a una borrachera política que, distinta a la de los años 60 y 70, reaparecen en esta nueva primavera ideológica. El resultado es la sensación de anarquía política, de una base poco firme, desequilibrada, donde la democracia, libertad, igualdad y fraternidad pierden armonía. En ese escenario, la política se confunde y se llena de argumentos falsos que poco tienen que ver con lo que realmente se espera o necesita.
¿Qué deberíamos esperar entonces? La respuesta es madurez política. Una madurez que no depende de la edad cronológica ni psicológica, sino de la formación, de la lectura, del conocimiento de distintas ideologías y de la capacidad de reconocer sus diferencias y límites. También exige comprender la idiosincrasia y la historia política del país que se gobierna, reflexionar con asesores y dejar de lado los cantos de sirena y los fanatismos que solo buscan favorecer a grupos minoritarios o pagar favores políticos.
Gobernar exige pensar en el bienestar general, en la unidad de la nación y en el bien común. Así lo entendieron líderes como Raúl Alfonsín en Argentina, quien en tiempos difíciles defendió con claridad el bien común; o Patricio Aylwin en Chile, que durante la transición supo actuar como estadista pese a las tensiones entre izquierda y derecha.
Gobernar con conciencia no es un lujo, es una obligación ineludible. Los pueblos no pueden seguir siendo víctimas de la improvisación, del fanatismo o de la especulación política que solo generan incertidumbre y desconfianza. La verdadera política exige madurez, entendida como la capacidad de pensar más allá de intereses partidarios y de reconocer que el poder se ejerce para la mayoría, no para minorías privilegiadas. Esa madurez se construye con formación, con diálogo y con la valentía de escuchar distintas voces.
La historia demuestra que cuando los líderes ponen el bien común en el centro, las naciones avanzan con firmeza y cohesión. No es una aspiración utópica ni mucho menos, puesto que ya ha ocurrido. En esa perspectiva, hoy más que nunca necesitamos recuperar del espíritu de servicio y apostar por decisiones responsables que fortalezcan la democracia y devuelvan esperanza a la
ciudadanía. Porque gobernar con conciencia es, en definitiva, el único camino para que la política vuelva a ser un instrumento de unidad, justicia y progreso.
Desde el quiebre de la legitimidad de los organismos públicos que se exige con urgencia cambios en la manera de gobernar. La sociedad reclama gobiernos que actúen con responsabilidad, visión y coraje, que sean capaces de construir un futuro más digno y equilibrado para todos. Y estas exigencias ocurren de la manera más inconsciente posible, con revueltas y con cambios constantes a extremos políticos para encontrar respuestas en donde no han obtenido resultados.
En síntesis, gobernar con conciencia supone trascender la mera improvisación y el cálculo político coyuntural, para situar la acción de gobierno en el horizonte del bien común y la estabilidad institucional. Para alcanzar este propósito quienes ejercen el poder se deben formar en la diversidad de ideologías, deben comprender la historia y la idiosincrasia de sus pueblos, y sobre todo apoyarse en el diálogo con asesores y especialistas de los temas. Solo de ese modo es posible evitar los excesos del fanatismo, el idealismo desmedido o el “cualquierismo”, que han erosionado la lucidez política y debilitado la confianza ciudadana.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político