viernes, 9 de enero de 2026

Gobernar para la mayoría: conciencia frente a la anarquía ideológica

 Gobernar para la mayoría: conciencia frente a la anarquía ideológica

Los gobiernos deberían actuar con conciencia y no por mera improvisación. No están para experimentar ni especular: deben tomar decisiones inteligentes y responsables, evitando bochornos, errores y suspicacias. Sin embargo, pocas veces se entiende que gobernar en conciencia significa reflexionar que se gobierna para la mayoría, y no solo para quienes se representan.

Hoy esa conciencia se ve debilitada por el idealismo desmedido, fanatismos y el “cualquierismo”, las verdaderas plagas que han marcado los siglos XX y lo que lleva del XXI. Los excesos conducen a una falta de lucidez y a una borrachera política que, distinta a la de los años 60 y 70, reaparecen en esta nueva primavera ideológica. El resultado es la sensación de anarquía política, de una base poco firme, desequilibrada, donde la democracia, libertad, igualdad y fraternidad pierden armonía. En ese escenario, la política se confunde y se llena de argumentos falsos que poco tienen que ver con lo que realmente se espera o necesita.

¿Qué deberíamos esperar entonces? La respuesta es madurez política. Una madurez que no depende de la edad cronológica ni psicológica, sino de la formación, de la lectura, del conocimiento de distintas ideologías y de la capacidad de reconocer sus diferencias y límites. También exige comprender la idiosincrasia y la historia política del país que se gobierna, reflexionar con asesores y dejar de lado los cantos de sirena y los fanatismos que solo buscan favorecer a grupos minoritarios o pagar favores políticos.

Gobernar exige pensar en el bienestar general, en la unidad de la nación y en el bien común. Así lo entendieron líderes como Raúl Alfonsín en Argentina, quien en tiempos difíciles defendió con claridad el bien común; o Patricio Aylwin en Chile, que durante la transición supo actuar como estadista pese a las tensiones entre izquierda y derecha.

Gobernar con conciencia no es un lujo, es una obligación ineludible. Los pueblos no pueden seguir siendo víctimas de la improvisación, del fanatismo o de la especulación política que solo generan incertidumbre y desconfianza. La verdadera política exige madurez, entendida como la capacidad de pensar más allá de intereses partidarios y de reconocer que el poder se ejerce para la mayoría, no para minorías privilegiadas. Esa madurez se construye con formación, con diálogo y con la valentía de escuchar distintas voces.

La historia demuestra que cuando los líderes ponen el bien común en el centro, las naciones avanzan con firmeza y cohesión. No es una aspiración utópica ni mucho menos, puesto que ya ha ocurrido. En esa perspectiva, hoy más que nunca necesitamos recuperar del espíritu de servicio y apostar por decisiones responsables que fortalezcan la democracia y devuelvan esperanza a la

ciudadanía. Porque gobernar con conciencia es, en definitiva, el único camino para que la política vuelva a ser un instrumento de unidad, justicia y progreso.

Desde el quiebre de la legitimidad de los organismos públicos que se exige con urgencia cambios en la manera de gobernar. La sociedad reclama gobiernos que actúen con responsabilidad, visión y coraje, que sean capaces de construir un futuro más digno y equilibrado para todos. Y estas exigencias ocurren de la manera más inconsciente posible, con revueltas y con cambios constantes a extremos políticos para encontrar respuestas en donde no han obtenido resultados.

En síntesis, gobernar con conciencia supone trascender la mera improvisación y el cálculo político coyuntural, para situar la acción de gobierno en el horizonte del bien común y la estabilidad institucional. Para alcanzar este propósito quienes ejercen el poder se deben formar en la diversidad de ideologías, deben comprender la historia y la idiosincrasia de sus pueblos, y sobre todo apoyarse en el diálogo con asesores y especialistas de los temas. Solo de ese modo es posible evitar los excesos del fanatismo, el idealismo desmedido o el “cualquierismo”, que han erosionado la lucidez política y debilitado la confianza ciudadana.

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

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