sábado, 3 de enero de 2026

 Anular o votar en blanco también es democracia

En un escenario de voto obligatorio, todos los chilenos con derecho a sufragio debimos acudir a las urnas, fueran del gusto o no las alternativas disponibles. Por eso, resulta legítimo y adecuado qué si una persona no se siente representada por ninguna opción, pueda expresar su descontento votando en blanco o anulando su voto.

Si alguien no quería apoyar a una candidata vinculada al comunismo, con sus matices y contradicciones, tenía todo el derecho de no hacerlo. Del mismo modo, si no compartía la propuesta de José Antonio Kast, representante de la extrema derecha, también era legítimo rechazar esa alternativa. Cumplir con el deber cívico no significa necesariamente elegir entre dos extremos; también puede implicar marcar ambas opciones, dejar el voto en blanco o anularlo de manera consciente y educada, como una forma de manifestar que no se acepta la imposición de elegir entre “la cicuta y la silla eléctrica”. Quienes se rebelan contra esta lógica binaria saben que optar por los extremos como solución a los problemas del país es un error y un fracaso anunciado.

El problema con el país es que ha caído en una especie de ruleta política: primero el Frente Amplio y ahora Kast, como si gobernar fuera simplemente “el turno” de un grupo distinto. Pero escoger un gobierno por probar que mejoren las condiciones no es sinónimo de madurez política, sino por el contrario, refleja irresponsabilidad, irracionalidad y la evidencia de que los partidos tradicionales se están agotando.

La improvisación política deja en sobre evidencia la crisis de los partidos tradicionales quienes, por su falta de convicción ideológica e incapacidad de organización, o inclusive por su pobre trabajo territorial, dejan espacios vacíos en el electorado que el populismo con mucha facilidad lo cubre. Es por eso que, sin soluciones dentro del sistema, el populismo seguirá encontrando sitios para crecer, como ya lo vimos con Franco Parisi.

Así mismo, Kast como candidato electo deberá arreglárselas con el mandato que reciba. Por una parte, una sociedad que aún espera las respuestas a un quiebre social, y por otro lado, un sin número de demandas sociales y estructurales, sin contar con una mayoría parlamentaria, por lo que muchas de sus promesas de campaña difícilmente podrán cumplirse. Por lo tanto, su gobierno se limitará a aplicar mano dura contra la delincuencia y a impulsar medidas conservadoras que incomodarían a algunos, del mismo modo que las reformas progresistas incomodaron a otros.

Chile ya resistió una dictadura y puede resistir nuevas tensiones, salvo aquellos electores que siguen atrapados en la lógica del blanco y negro, ellos forzaran la balanza a sus ideologías todo lo que se pueda, porque la persistencia de la lógica binaria: comunismo versus fascismo, blanco versus negro, limita la capacidad de construir acuerdos amplios y soluciones duraderas.

Quienes no aceptamos esa lógica, tenemos derecho a expresarnos responsablemente: decir “no” al comunismo y “no” al fascismo. Esa es la manera de dejar claro que no nos gustan esas opciones y que actuamos pensando en el bien del país. Así la legitimidad de votar nulo o en blanco se convierte en una herramienta política cuando el sistema obliga a participar aun sin sentirse representado. A su vez da señales a los grupos de centro para que acusen la necesidad de alternativas moderadas. Que tomen testigo, desarrollen medidas, que preparen sus bases militantes y políticas para intervenir en los espacios que necesita la sociedad.

En mi criterio, anular o dejar en blanco su voto es la mejor manera para escapar al estancamiento y las promesas incumplidas. De lo contrario, seguiremos atrapados en un statu quo de insatisfacción, donde las reformas radicales no prosperan y las contrarreformas tampoco logran revertir lo avanzado. La política se reduce a gestos de mano dura o a iniciativas progresistas unilaterales, sin un verdadero consenso nacional.

Anular y votar en blanco se vuelve un acto de responsabilidad y de coherencia: decir “no” a los extremos, “no” a la imposición, y “sí” a la búsqueda de un camino que piense en el bien común. Solo así se envía un mensaje claro de que la ciudadanía no está dispuesta a seguir eligiendo entre dos males, sino que exige alternativas que representen un verdadero compromiso con Chile.

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

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