jueves, 12 de marzo de 2026

Del desconcierto a la fragmentación: la encrucijada institucional

 

Del desconcierto a la fragmentación: la encrucijada institucional

 

A esta altura del año, tenemos a un gobierno que no sabe cómo terminar y otro que no tiene claro cómo empezar, esa parece ser la dinámica que marca la política chilena. El primero, atrapado por su inexperiencia, no logró cumplir sus metas ni proyectar un horizonte político claro. El segundo, enredado desde el inicio, exhibe más anécdotas que convicciones y se presenta como un gobierno de derecha sin una visión ideológica definida, sostenido en el caudillismo, el personalismo, la tecnocracia y la falta de orientación política. Basta observar la conformación de su gabinete: un ministro por partido, sin cohesión ni rumbo, características que no garantizan estabilidad ni capacidad para enfrentar los desafíos propuestos. 

Por otro lado, la decisión de conformar un gobierno con predominio de rostros independientes, relegando a los partidos a una representación mínima, revela un vacío de poder que descansa casi exclusivamente en la figura presidencial. Sin embargo, gobernar no es solo responsabilidad individual: requiere también de responsabilidad institucional y política de los partidos y coaliciones que deciden acompañar al presidente. Cuando estos son marginados de las decisiones de peso, se debilita la capacidad de acción y se limita la diversidad de perspectivas necesarias para enfrentar las dificultades del país. 

No nos engañemos, la excesiva presencia de tecnócratas e independientes es una debilidad, aunque tampoco se trata de caer en la tiranía de los partidos ni en su sobre representación, por el contrario, se trata de alcanzar un equilibrio justo que de peso y dirección. Al final del día, quien gobierna es un presidente con una coalición, y no puede darse el lujo de ministros independientes que actúen por cuenta propia, guiados por egos o ambiciones personales. El riesgo es claro: un gabinete fragmentado puede derivar en conflictos internos y en una institucionalidad debilitada. 

La decisión tomada por José Antonio Kast con este gabinete abre la posibilidad de que el país se encamine hacia esa peligrosa dirección. Si no se corrigen a tiempo las falencias de representación y cohesión política, las consecuencias para la institucionalidad podrían ser nefastas. 

La política chilena, en este contexto, parece atrapada en el círculo vicioso de gobiernos que llegan con promesas de renovación, pero que terminan repitiendo los mismos errores de sus antecesores. La falta de claridad ideológica, la ausencia de un proyecto de país y la improvisación en la conformación de equipos de gobierno son síntomas de una crisis más profunda: la incapacidad de construir consensos duraderos y de proyectar una visión estratégica que trascienda los ciclos electorales. Un país no puede sostenerse únicamente en la figura de un líder, por más carismático o influyente que este sea; requiere instituciones sólidas, partidos responsables y una ciudadanía que confíe en que las decisiones tomadas responden a un horizonte común. 

Desde este punto, aumenta el riesgo de avanzar hacia un presidencialismo exacerbado, donde el mandatario concentra poder sin contrapesos efectivos, erosionando la democracia misma. La política se convierte en un espectáculo de voluntades individuales, en un juego de egos, más que en un ejercicio colectivo de construcción nacional. 

Se requiere superar esa lógica, a la vez que se debe recuperar el sentido de gobierno, una actividad que es, ante todo, un acto de responsabilidad compartida. De lo contrario, seguiremos atrapados en gobiernos que no saben cómo terminar y en otros que no tienen claro cómo empezar, condenando al país a una inestabilidad permanente. 

La política chilena enfrenta una encrucijada marcada por la falta de cohesión y claridad ideológica. La excesiva dependencia en independientes y tecnócratas debilita la institucionalidad y fragmenta el gabinete, generando riesgos de inestabilidad. Sin partidos fuertes ni consensos duraderos, el presidencialismo se exacerba y erosiona la democracia. Chile necesita equilibrio, visión estratégica y responsabilidad compartida para superar este círculo vicioso. 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

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