Entre la crítica y la responsabilidad, el
difícil arte de gobernar
Gobernar es difícil. El primer paso, ganar las elecciones, es relativamente sencillo; criticar al oficialismo de turno también lo es. Ser oposición siempre ha sido cómodo, consiste en criticar, proponer y volver a criticar. Cuando la oposición es responsable, aporta ideas y alternativas, pero cuando es irresponsable se limita a descalificar y a hacer daño. Así ha ocurrido con las oposiciones a Piñera y ahora a Boric, que parecen olvidar que tarde o temprano también les toca gobernar. Y gobernar, a diferencia de hacer campaña, no es automático ni milagroso: nadie te enseña a hacerlo, igual que nadie te enseña a ser padre.
Para estar preparado, existen escuelas de gobierno, programas de ciencias políticas, cursos y academias internacionales. Todo ello aporta teorías y pautas, sin embargo, en la práctica son insuficientes si no se aplican con criterio. Al final, gobernar se aprende con sentido común, ensayo y error, enfrentando problemas reales que rara vez coinciden con las condiciones ideales que estudia la teoría política.
Por eso, gobernar es sumamente complejo. Prometer “lo haré mejor que usted”, como se lo dijo Boric a Piñera, o lanzar críticas desmedidas para ganar elecciones, como hizo Kast, puede ser eficaz en campaña, aunque la realidad del conseguir una vez con el cargo, es otra. Los gobiernos se topan con dificultades estructurales, dinámicas sociales diversas y la falta de mayorías parlamentarias. Descubren que no todo lo prometido es posible y que gobernar, como dice el dicho, “otra cosa es con guitarra”. Entonces, quienes antes criticaban con dureza terminan defendiendo lo que antes atacaban, porque comprenden que gobernar exige decisiones costosas y asumir responsabilidades que nadie quiere cargar.
La política no es blanco y negro. Ningún gobierno es infalible, eso significa que no siempre se cumple con todo lo que se promete, no obstante, tampoco por poco que hagan eso lo hace negativo. Los gobiernos se valoran históricamente por sus logros o por equivocarse menos, esa valoración siempre depende del prisma ideológico de quien juzga. En definitiva, gobernar es una tarea titánica, donde las soluciones fáciles suelen ser las más peligrosas, porque conducen al populismo o a estructuras rígidas que bloquean la acción.
Gobernar no se hace con discursos, sino con decisiones concretas, prioridades claras y políticas públicas efectivas. Las intenciones sin ejecución son solo retóricas, se requiere de decisiones concretas, asumir costos y enfrentar ciertas contradicciones inevitables. En cuanto a la oposición, suele olvidar que criticar es cómodo y, en cuanto caen al gobierno, cargan con la responsabilidad de lo posible y lo imposible
Muchos gobiernos caen en ese error: mucho ruido y pocas nueces. Y como nadie enseña realmente a gobernar, algunos aprenden con ensayo y error, mientras otros ni siquiera logran aprender. Esa es la raíz de muchos de nuestros problemas políticos.
Lo esencial es tener la claridad que la política es un entramado complejo de intereses, estructuras y limitaciones que obliga a negociar, a ceder y a aprender del error. Por eso, los gobiernos que trascienden no son los que prometen más, sino los que logran transformar esas promesas en políticas públicas efectivas.
La retórica sin acción es humo, y el populismo disfrazado de soluciones fáciles es veneno para la democracia. Gobernar es, en definitiva, un acto de realismo y de coraje: realismo para reconocer que no todo se puede, y coraje para asumir las decisiones que nadie quiere tomar. Quien olvida esta verdad está condenado a repetir el ciclo de la crítica irresponsable y la decepción en el poder. Porque gobernar, al final del día, es enfrentar la complejidad con responsabilidad, y esa es la diferencia entre quienes hacen historia y quienes solo hacen ruido.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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