jueves, 9 de abril de 2026

La política y la esperanza: entre la promesa y el poder

 

La política y la esperanza: entre la promesa y el poder 

La gran reflexión que todo ciudadano debe hacerse, es sobre cuál es la misión de la política, si esta representa la búsqueda de esperanza o si, en realidad, se reduce a la administración del poder. Sin embargo, hay quienes gobiernan únicamente para conservar poder y estos, no tienen por qué pensar en el bien común, ni en la esperanza de la ciudadanía: el poder es su fin en sí mismo. 

Pese a esto, es mejor asumir que la mayoría de los partidos y líderes políticos llegan al poder con la intención de transformar la realidad, de impulsar cambios estructurales, y en ese proceso inevitablemente generan expectativas y esperanza, aunque muchas veces sin reconocerlo o incluso de manera dolosa. 

De ahí surge una cuestión legítima: ¿se llega al poder para gobernar o para ofrecer esperanza? Los manuales de ciencia política no logran dar cuenta de esta dimensión subjetiva. Algunos sostienen que movimientos como el Frente Amplio y otros líderes alcanzan el gobierno porque ofrecen un sueño, un proyecto, una visión compartida que moviliza mayorías. Pero la Realpolitik nos recuerda que la política es, ante todo, ejercicio de poder. Y en ese ejercicio, la esperanza sólo tiene sentido si se traduce en resultados plausibles, sostenidos por un sistema que funcione y que garantice derechos. El problema es que ese sistema rara vez ofrece garantías universales: es desigual, irracional y profundamente asimétrico. 

En este contexto, las campañas electorales se convierten en un terreno fértil para la demagogia. Se ofrecen proyectos y candidaturas que, más allá de su contenido, transmiten esperanza. Pero gobernar no es lo mismo que prometer. Gobernar implica voluntad política, capacidad de acuerdo, virtudes institucionales y eficacia en la gestión. La esperanza, el slogan y las promesas suelen desvanecerse frente a la realidad, y ahí se explica por qué las “lunas de miel” de los gobiernos duran cada vez menos. Las falsas expectativas terminan transformándose en una demagogia permanente que, al no concretarse, deja al discurso político vacío y desconectado de la realidad. 

La política, entonces, revela su complejidad: más que promesas o hipótesis, lo que importa son los resultados y cómo estos se materializan en hechos concretos que beneficien a la ciudadanía. La esperanza cumple un rol inicial, útil para ganar votos, pero no puede ser el eje de la administración del poder. Cuando los gobiernos siguen jugando con expectativas imposibles, caen en una demagogia innecesaria que tarde o temprano deben pagar caro, explicando por qué no lograron lo que nunca estuvieron en condiciones de cumplir. La verdad se oculta para sostener la ilusión, pero esa ilusión tarde o temprano, se derrumba. 

Desde ese punto, la política contemporánea sufre un gran dilema que no puede seguir ocultándose, ¿realmente es un instrumento para transformar la realidad o un mecanismo para sostener ficciones que movilizan voluntades? Porque la esperanza, cuando se convierte en mercancía electoral, pierde su carácter emancipador y se degrada en simple recurso retórico.

El verdadero desafío consiste en reconocer que el poder no se legitima por la promesa, sino por la capacidad de materializar cambios tangibles que reduzcan desigualdades y fortalezcan la vida democrática. Mientras los gobiernos insistan en administrar ilusiones en lugar de resultados, la distancia entre ciudadanía y política seguirá ampliándose, erosionando la confianza y debilitando las instituciones. 

En conclusión, la política no puede seguir siendo un teatro de expectativas incumplidas: debe recuperar su sentido como práctica de responsabilidad, donde la palabra vincula con la acción y la acción con la justicia. Solo así la esperanza dejará de ser un espejismo electoral y se convertirá en horizonte real de transformación, capaz de sostener proyectos colectivos que trasciendan la lógica del poder por el poder y devuelvan a la ciudadanía la convicción de que gobernar significa servir, no engañar. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

 

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