La situación en Cuba. La ayuda sin democracia es complicidad
Las condiciones que vive la población cubana en estos instantes deja en claro la profunda crisis interna, algo insostenible porque padecen por problemas de primera necesidad: alimento, todo tipo de energía, calefacción, salud y vivienda. En esta situación es indispensable una visión humanitaria, pero aquella no puede desligarse de un cambio político y democrático profundo.
Es aquí donde deben intervenir los organismos internacionales, tales como la OEA, ONU y diversas ONG, siempre dirigidas al pueblo cubano y no al gobierno ni a la dictadura castrista. De lo contrario, sólo se aliviará momentáneamente el hambre y la miseria sin atacar el problema de fondo. La verdadera solución pasa por exigir un proceso democrático y una apertura política real, porque sin cambios estructurales cualquier asistencia se convierte en un paliativo insuficiente.
Sin embargo, el panorama parece lejano. El régimen está dispuesto a recibir la ayuda, pero sin dejar de aplicar políticas represivas encarcelando opositores, incomunicando personas, sitiando organizaciones como la Unión Patriótica de Cuba y controlando arbitrariamente la distribución de alimentos.
El riesgo es que mientras no haya liberación de presos políticos, fin de la tortura y respeto a los derechos fundamentales, la ayuda humanitaria será una fuente de apoyo para perpetuar el régimen en lugar de aliviar la situación de los ciudadanos. Por eso es tan importante que toda asistencia externa debe estar condicionada a un cambio político real. La pregunta es si la isla está dispuesta a dar ese paso o si, por el contrario, busca perpetuar un sistema fracasado.
Ahí es cuando surgen quienes justifican lo injustificable. Cierto es que el modelo que han llevado por años, junto al embargo, han profundizado las carencias en necesidades básicas. No obstante, el golpe de gracia llega al perder a un socio político y económico que prácticamente mantenía al país. La intervención de Venezuela agrava todo, y da motivos para que los grupos ideologizados defiendan la postura cubana. Así países como Chile, China y otros han entregado ayuda, muchas veces impulsados por lobbies políticos, pero esa solidaridad puede transformarse en una justificación para que el régimen mantenga su control y saque provecho político.
Esto revela un preocupante relativismo moral, a sabiendas de la falla estructural de un modelo que no funciona. Mientras se condenan unas dictaduras, se silencian o justifican otras, pese a que todas cometen los mismos abusos. Es por eso que la dictadura cubana ha gozado durante demasiado tiempo del silencio cómplice.
Es hora de abandonar los lobbies y enfrentar la realidad: estamos ante un sistema en decadencia que ha llevado al colapso a un pueblo entero, ampliando la pobreza y la desigualdad en lugar de resolverlas. Lo humanitario y lo político no pueden separarse; la falta de autocrítica y el autoengaño sólo prolongan el sufrimiento.
Al final la ayuda humanitaria es necesaria, pero insuficiente si no se acompaña de un plan político estructurado que abra el camino hacia la democracia. Sin esa transformación, cualquier esfuerzo será incompleto y el mundo seguirá dando explicaciones por su pasividad.
Cuba necesita soluciones de fondo: un cambio político que genere un círculo virtuoso y le brinde una nueva oportunidad de futuro. Porque el pueblo necesita alimentos, salud y vivienda, pero también necesita libertad, pluralismo y democracia. No basta con paliar el hambre mientras se mantienen cárceles llenas de opositores y un aparato ideológico que antepone la propaganda a la dignidad humana.
La comunidad internacional debe dejar de ser cómplice con su silencio y exigir condiciones claras: liberación de presos políticos, apertura multipartidista y respeto a los derechos fundamentales. Solo así la ayuda será un puente hacia un futuro distinto y no una coartada para perpetuar la miseria. Cuba merece una oportunidad real de reconstruirse sobre bases democráticas y no sobre la resignación.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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