Abrazos de madrastra y silencio cómplice
¿Son las mutaciones del lenguaje inclusivo una transformación real? o bien, ¿son un simple artificio retórico diseñado para no incomodar, sin verdaderamente incluir? Esas son las preguntas de fondo por las cuales hoy se debate con vehemencia sobre los cambios morfológicos que desafían la norma gramatical estándar, tildados por muchos de complejos, ridículos o ajenos a nuestro idioma. Sin embargo, la verdadera respuesta a las primeras interrogantes no se halla en la lingüística, sino en su ribete político, social y moral.
La realidad demuestra que un cambio en las palabras no puede desmantelar la discriminación estructural, porque de fondo persisten nuestras conductas cotidianas. Se puede adoptar el vocabulario de moda y discursear con consciencia sobre las minorías, el feminismo o la discapacidad, pero si en la práctica seguimos segregando, el lenguaje inclusivo se convierte en una farsa.
Hablo desde la herida y la experiencia. Estudié en un colegio que hacía de la diversidad su principal estrategia de propaganda. Sus muros y pasillos estaban saturados de murales coloridos y hermosas consignas que hablaban de bienestar, respeto, armonía y una inclusión idílica. Era una retórica perfecta en la teoría, una fachada pulcra diseñada para la tranquilidad de los adultos y el prestigio de la institución.
No obstante, detrás de esa escenografía progresista se escondía una violencia feroz. De la decena de estudiantes con discapacidad que habitamos esas aulas, marcados por el dolor y la indiferencia, solo uno logró sobrevivir al entorno sin quebrarse del todo: quien escribe estas líneas.
En ese ambiente fuimos sistemáticamente devorados por el sistema escolar, víctimas en distintas medidas del encono, la burla cruel, el maltrato físico y psicológico y por, sobre todo, del silencio cómplice de algunos profesores y directivos.
Esa es la mayor hipocresía institucional, colgar carteles sobre el respeto mientras se mira hacia el costado cuando un niño con discapacidad es humillado en el patio. El colegio no incluía; sino que toleraba nuestra presencia para lavar su conciencia, mientras permitía que nos destruyeran en la impunidad cotidiana.
Todo eso ocurrió hace más de veinte años, cuando aún no se popularizaba la letra "e" ni los plurales alternativos, pero la dinámica del engaño era exactamente la misma. Dotar al lenguaje de un sentido político como acto de rebeldía es estéril si esa militancia no se encarna en transformaciones materiales y humanas. Nos han repetido el mantra de que el lenguaje crea realidad. Es verdad, pero a menudo solo crea una realidad onírica; un refugio ficticio que, al igual que la literatura, nos envuelve en un mundo ideal del cual tarde o temprano debemos despertar para chocar con el suelo de la cotidianidad. Quienes defienden la revolución de la palabra parecen atrapados en ese plano del subconsciente.
Vivimos en la cultura del doble estándar, una sociedad experta en simular empatía. Es el espacio donde te palmean la espalda con un abrazo de madrastra, ese afecto falso y asfixiante, y te hablan con terminología inclusiva para demostrar superioridad moral; mientras, por la espalda o de frente, si te atreves a incomodar te recriminan, te infantilizan y te excluyen.
El lenguaje inclusivo, utilizado de esta manera institucional y performativa, no es más que un espejismo. Una falsa verdad construida por quienes necesitan habitar una fantasía para mitigar el dolor del daño recibido, o por las propias instituciones para ocultar su negligencia.
No culpo a las víctimas que adoptan ese relato como un mecanismo de supervivencia; entiendo perfectamente la necesidad de crear un refugio verbal para sentirse menos dañado en un mundo hostil. Pero aclaremos, la retórica no transforma la realidad objetiva de los cuerpos que seguimos sufriendo el desprecio. La verdadera inclusión no se escribe en los manuales de convivencia ni en las paredes de un colegio hipócrita, se mide en el cese del sufrimiento y en el respeto real a nuestra dignidad.
Así es, la retórica debe traducirse en acciones: implementar protocolos
vinculantes contra el acoso escolar, sancionar de oficio la omisión
docente, adaptar la infraestructura física universal y garantizar cupos
laborales y académicos reales. Menos consignas en las paredes y más
políticas materiales que defiendan la dignidad de los cuerpos excluidos.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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