La república de la bufonada: El peligroso ascenso de la política espectáculo
Las últimas administraciones se han convertido en una comedia de sí mismas, atrapadas en una hipocresía que termina transformando sus esfuerzos en una farsa estructural. Es así que hoy asistimos a la era de los “gobiernos guasónicos”, como el personaje del cine, fríos operadores que sonríen a la hora de contemplar el deterioro institucional, mientras el país arde. Prefieren la espectacularización del conflicto al trabajo técnico que exige resolver los problemas nacionales.
La duda razonable, acaso pueden considerarse legítimos los gobiernos cuando el presidente, sus parlamentarios y coaliciones actúan como caricaturas de sus propios cargos. Cuando sus discursos carecen de solidez, abundan en demagogia y responden a una necesidad permanente de protagonismo.
Así es que la política ya no parece medirse por reformas o resultados, sino por visualizaciones, tendencias y encuestas. Como consecuencia, Chile atraviesa una profunda carencia de dirección política. No se trata de espiritualidad religiosa, sino de la ausencia de un proyecto doctrinario capaz de orientar las decisiones del Estado, sello que tuvieron los gobiernos de Eduardo Frei Montalva, con su “Revolución en libertard”; o los gobiernos de la concertación con una línea de progresismo, mientras se retomaba la democracia. Sin embargo, los gobiernos guasónicos han sustituido los principios por el oportunismo, la estrategia por la improvisación y la convicción por el cálculo electoral.
A ello se suma un progresivo debilitamiento institucional. Los sectores más radicales, tanto de derecha como de izquierda, muestran escasa valoración por los contrapesos democráticos y por la cultura del acuerdo. Esta actitud erosiona la confianza pública y genera un vacío político y ético que termina afectando la legitimidad de las decisiones estatales. Luego, cómo exigir respeto por la ley cuando quienes deben encarnarla transforman la política en un espectáculo permanente.
Quién diría que de la sátira pasaríamos a la realidad. En los años noventa, Andrés Rillón y Julio Jung, en Medio Mundo, ridiculizaban estos vicios mediante el ficticio "Partido de la Restauración Democrática Permanente". Lo que entonces era una sátira brillante, exagerando las actitudes de los políticos, terminó pareciéndose demasiado a la realidad. La caricatura dejó de ser excepción para convertirse, lamentablemente, en el estilo habitual de buena parte de la clase dirigente.
La consecuencia ha sido la normalización de una política donde predominan el eslogan, la respuesta fácil y la búsqueda de popularidad. Importa más viralizar un video o ganar el siguiente ciclo de noticias que construir políticas eficaces. El Congreso y los ministerios corren el riesgo de transformarse en escenarios donde el golpe comunicacional pesa más que la calidad técnica de una ley o el impacto real de una política pública.
No podemos seguir condenando al país a esta mediocridad. La bufonería nunca será un camino serio para fortalecer el Estado. Ello no implica exigir gobernantes solemnes o incapaces de conectar con la ciudadanía. No obstante, sí es necesario establecer que la cercanía es una virtud democrática; la frivolidad permanente es un vicio que deteriora las instituciones.
Lo urgente es recuperar la responsabilidad, la madurez y el sentido histórico en el ejercicio del poder. La conducción de un país no puede reducirse a un espectáculo de baja calidad donde el ingenio reemplaza a las soluciones y la demagogia suplanta al liderazgo. Los problemas sociales, económicos y de seguridad requieren gobernantes capaces de administrar con rigor y no actores preocupados únicamente de la siguiente puesta en escena.
Ha llegado el momento de abandonar las máscaras de la política espectáculo y devolver a la institucionalidad el respeto, la profundidad ideológica y la dignidad que nunca debió perder. Porque una democracia sólida necesita gobernantes que comprendan que la popularidad es pasajera, pero que las instituciones, cuando se deterioran, tardan generaciones en reconstruirse.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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