La institucionalización de la demagogia
El gobierno está siendo cuestionado directamente por el diseño y la ejecución de sus distintas políticas públicas. No se trata solo de una confusión comunicacional, sino de algo mucho más profundo, porque el Ejecutivo carece de una claridad meridiana sobre lo que espera realizar en los distintos aspectos que configuran la vida nacional. No existe un norte claro sobre cómo se deben desenvolver las instituciones, ni un relato articulado que busque representar con convicción lo que quiere expresar a través de sus decisiones. Si es que acaso quiere expresar algo.
El tema radica en la carencia de un sello político identitario y transformador. Salvo por las urgencias inevitables de la seguridad ciudadana y un puñado de tópicos aislados que surgen al calor de la contingencia, no hay un proyecto país que unifique las fuerzas del oficialismo. Y quizás este ha sido el problema medular de las últimas administraciones en Chile, la falta de una identidad consistente.
Para mayor problema, existen señales de que esta carencia seguirá siendo una piedra en el zapato durante los próximos años. Si no se produce un giro dramático, corremos el riesgo real de completar un ciclo de doce años atrapados exactamente en el mismo problema de parálisis y falta de dirección, lo que traerá una dificultad enorme para la gobernabilidad democrática y la estabilidad de nuestra república.
José Antonio Kast prometió soluciones y, una parte de la ciudadanía pensaba que esta coalición iba a ser capaz de remendar las deficiencias heredadas y romper el círculo vicioso del inmovilismo. Sin embargo, el golpe de realidad ha sido severo y hasta el momento las promesas no se han traducido en hechos concretos. Como resultado, el Ejecutivo no goza de una aprobación mayoritaria ni ha logrado consolidar una cercanía genuina con la ciudadanía. Por lo tanto, la legitimidad de sus decisiones y reformas es cuestionada de manera constante en el debate público.
A esta crisis de conducción se le suma la urgencia de reactivar la economía nacional, una meta ambiciosa que las autoridades actuales se auto impusieron durante la campaña electoral. En aquel entonces, la receta fácil fue depositar la culpa entera en el gobierno anterior, un recurso retórico común, pero de corto alcance. Hoy, al examinar la anhelada reactivación, vemos con preocupación que no se ha establecido de manera prudente, planificada o coherentemente orgánica. Lo que observamos son medidas dispersas, impulsos basados en el dinero y la fuerza del gasto, pero completamente desprovistos de ideas de refundación, modernización del Estado u otro tipo de reformas estructurales sostenibles en el tiempo.
Acá la urgencia del oficialismo de dotar a la gestión de un sello político nítido y distinto al de sus antecesores. De fracasar en la tarea, se hará un mal crónico este escenario que lamentablemente predomina hasta el día de hoy. Además, la falta de identidad se transformará en un problema mayúsculo que la administración tendrá que enfrentar y responder ante la opinión pública cuando las expectativas generadas no se cumplan del todo.
Es evidente que para muchos funcionarios instalados en el aparato estatal esto no parece ser un tema de preocupación inmediata; viven en la burbuja de la burocracia. No obstante, la historia reciente demuestra que con las expectativas de un pueblo no se juega de forma impune. El fracaso rotundo de los últimos gobiernos radica, precisamente, en haber jugado de forma irresponsable con las ilusiones de los chilenos, ofreciendo un catálogo de transformaciones que sabían que después no podrían realizar. Esto no es otra cosa que institucionalizar la demagogia y el populismo en la cultura política nacional. Desgraciadamente, esta conducta destructiva se ha transformado en el pan de cada día de nuestro sistema de partidos, y la administración actual no es la excepción a la regla.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
No hay comentarios:
Publicar un comentario