La franquicia electoral: El auge de las PYMES políticas
En el lenguaje económico, una PYME es una unidad independiente que opera con capital limitado, flexibilidad organizativa y un trato directo con el cliente. En la política chilena contemporánea, este concepto ha dejado de ser una simple metáfora para convertirse en una descripción precisa del sistema de representación. Con lo que podemos denominar la "PYME política regional", expresada durante décadas en Magallanes por el clan Bianchi a través de cargos parlamentarios, obtenidos desde una lógica independiente, se anticipó a un fenómeno que hoy adquiere dimensiones nacionales: el surgimiento de microempresas electorales sofisticadas que convirtieron la marca personal en estructuras partidarias propias.
El clan Bianchi representa el clásico negocio local que compite con las grandes corporaciones nacionales. Su modelo opera bajo la lógica del capital limitado y la autonomía absoluta. Al actuar fuera de los grandes conglomerados, manejan su patrimonio electoral sin depender de directivas centrales en Santiago. Esto le otorga una flexibilidad organizativa, funciona como un "agente libre" en el Congreso que rompe mesas de negociación tributaria o de seguridad, si considera que benefician a su zona. Su fuerza radica en la cercanía con el cliente; tal como un almacén de barrio que conoce a cada vecino, su discurso apela directamente al arraigo regional y a la descentralización.
En el otro extremo, Franco Parisi y el Partido de la Gente (PDG) encarnan la PYME "digital y franquiciada", una suerte de startup política que busca masificar a bajo costo. Parisi entendió que la flexibilidad organizativa permitía prescindir de sedes físicas costosas, utilizando las redes sociales como su principal canal de distribución. Su propuesta simula la generación de empleo y la movilidad social, enfocando su discurso en la clase media y los emprendedores atrapados por las trabas del Estado. Al explicar la macroeconomía mediante analogías de finanzas personales, logra una cercanía inédita con un cliente específico, los desafiliados de la política tradicional.
Por su parte, Johannes Kaiser y el Partido Nacional Libertario (PNL) personifican la PYME "libertaria y antimonopolio". Bajo las premisas de la Escuela Austriaca, su propuesta de desregulación busca liberar al emprendedor de la burocracia, acusando al Estado de actuar como una corporación ineficiente que ahoga al pequeño competidor. Su defensa del capital limitado se traduce en una exigencia radical de bajar impuestos para proteger la supervivencia de los negocios frente a quienes tienen espaldas financieras. Nacido en el nicho digital de YouTube, la estrategia de Kaiser se asemeja a la de una PYME hiper especializada que atiende de forma directa y sin filtros a su público objetivo.
Los Bianchi demostraron que era posible levantar un negocio político artesanal al margen de las estructuras tradicionales. Parisi y los Kaiser llevaron la fórmula a una etapa superior: comprendieron que la marca personal necesitaba una institucionalidad. Su innovación fue convertir el nombre propio en partido, dotándolo de militancia, financiamiento y despliegue territorial.
Sin embargo, pese a que estas organizaciones adoptan las formas externas de un partido, en su núcleo sobrevive una estructura piramidal, sujeta a la gravitación absoluta del fundador, de su apellido y de su círculo de confianza. Ya no basta con instalar liderazgos; ahora es necesario construir una institucionalidad que los orbite y valide.
Por eso, sería un error reduccionista catalogar a estos dirigentes como simples figuras extravagantes o populistas pasajeros. Cuando los partidos históricos abandonaron el territorio, descuidaron la renovación de cuadros y deterioraron la confianza pública, pavimentaron el camino para que estas marcas se transformaran en corporaciones competitivas. Frente al vacío de representación, se desarrollaron, consiguieron, establecieron discursos, fijaron marcas reconocibles y ahora compiten directamente por el poder.
La gran reflexión que nos deja este escenario es si esta atomización del
poder realmente democratiza la representación o si, por el contrario,
transforma la democracia en un mercado persa. Porque cuando la política se
fragmenta en franquicias personales, el debate público pierde su sentido de
proyecto colectivo. El desafío para el ciudadano ya no es solo castigar a los
monopolios políticos de siempre, sino evitar que el bien común termine disuelto
en una infinidad de nichos comerciales creados a la medida de nuevos caudillos.
Nelson Leiva Lerzundi
Cientista Político
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