jueves, 15 de octubre de 2026

El Retorno de los Excluidos y la Miopía del Sistema

 

El Retorno de los Excluidos y la Miopía del Sistema

 

La aparición de actores sociales y políticos que operan al margen de la institucionalidad ya no puede considerarse como un fenómeno marginal, por el contrario, es el síntoma definitivo de una crisis de representación estructural. Desde hace años, amplios sectores de la población habitan en una profunda orfandad política, despojados de altavoces en la opinión pública y de canales reales de participación. Este “bloque de los excluidos” ha desbordado los márgenes de la izquierda tradicional e incluso de la llamada nueva izquierda. Simplemente, no se sienten interpretados por la liturgia del poder actual.  

Esta falta de representación, manifestado en descontento social, se bifurca hoy en los extremos del espectro. Por un lado, se expresa en facciones anarquistas y expresiones de izquierda alternativa, de la línea de Artes, que tanto en Santiago como en regiones canalizan su malestar a través de la consigna revolucionaria. Al otro extremo, se manifiesta en facciones de ultraderecha que operan incluso más allá del movimiento libertario. El denominador común de ambos polos es evidente: al verse marginados de las mesas de diseño del poder, ejercen una presión asimétrica sobre el tablero institucional. Su objetivo inicial es visibilizar su malestar; el secundario, gatillar una desestabilización que fuerce su propia legitimación.  

Ante esta realidad, la pregunta ineludible es si la élite política ha dimensionado el peso real de esta fragmentación o si sigue atrapada en la miopía. Históricamente, la respuesta del 'establishment' ha sido la condescendencia, considerándolos anomalías minoritarias que siempre han existido. Sin embargo, ese diagnóstico es obsoleto. Hoy, no actúan en secretismo como el pasado; ahora controlan plataformas digitales independientes, canales en YouTube de alto alcance, portavoces articulados y han demostrado capacidad para levantar candidaturas presidenciales competitivas.  

Esta mutación ha permitido que la ultraizquierda y la ultraderecha colonicen el centro institucional. Su llegada al Congreso, sea a través de las bancadas de Republicanos y libertarios, o desde las facciones situadas a la izquierda del Frente Amplio, demuestra que la periferia política ha entrado al palacio. Lejos de moderarse, estos discursos replican los mismos paradigmas históricos basados en la polarización y la siembra del resentimiento. Instalan ideas que a menudo resultan idílicas o impracticables, pero que capturan eficazmente el sentido común de una ciudadanía frustrada, representando el mismo peligro de desarticulación democrática que en épocas pretéritas.  

¿Por qué, entonces, la institucionalidad se niega a tomar en serio este desafío? La respuesta convencional suele coquetear con la censura, pero la vía de la exclusión es un error ciego. Restringir a estos grupos por secretaría no sólo es éticamente cuestionable en una democracia, sino políticamente inconducente: la clandestinidad y la victimización solo engordan su mística, multiplicando su influencia en las sombras.  

El sistema político urge, en cambio, de un antídoto inteligente y responsable. Este antídoto no consiste en el ninguneo retórico, sino en una estrategia de absorción y disputa democrática que ataque las causas profundas del malestar. Primero, requiere una reforma de los mecanismos de participación local que descentralice el poder real y devuelva la toma de decisiones a las regiones, rompiendo el monopolio de las cúpulas partidarias tradicionales. Segundo, exige que los partidos políticos tradicionales asuman una estricta coherencia ética, erradicando la corrupción que alimenta el discurso antisistema. Por último, demanda disputar el debate público sin complejos: la moderación democrática debe dejar de ser sinónimo de tecnocracia gris y transformarse en un proyecto convocante, capaz de ofrecer soluciones concretas en seguridad, economía y dignidad social.  

La condescendencia actual de las élites es el camino más rápido hacia el colapso de nuestra convivencia. Mientras el sistema siga abordando estos extremos con el mismo libreto del siglo pasado, continuará pavimentando la ruta de su propia demolición. Tomarse en serio a los excluidos no es validar sus dogmas, sino reconocer que su existencia es el reflejo directo de las promesas incumplidas de nuestra democracia. 

 

 

Nelson Leiva Lerzundi

Cientista Político

 

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